MÉXICO Y VIENA : un viaje hin und retour (Primera Parte)
Una de estas fue la que tomó, a mediados del siglo XIX, el partido conservador mexicano (paletos hay peninsulares que siguen diciendo este gentilicio “mecsicanamente” lo mismo que a la patria de J.R. Ewing le siguen llamando “Tecsas”) ¿Dónde estaba? ¡Ah! En el partido conservador mejicano. Decía que estos señores tomaron la decisión, en uno de los periodos más convulsos que sucedió a la independencia de la corona española, de darse un emperador.
Hicieron un casting de candidatos disponibles (como los españoles cuando elegimos a Amadeo de Saboya )y, tras consultar con la emperatriz Eugenia de Montijo (una lianta) averiguaron que el hermano de Franz Joseph, Maximilian, estaba tranquilamente en el castillo de Miramar dedicado a esos placeres cotidianos a los que se entregan los príncipes en paro. Que si mis barcos, que si mis colecciones de arte…En fin.
Parece ser que Maximilian se lo pensó poco (era un hombre que tenía el corazón aventurero) y sólo puso una condición:
Así que Maximilian renunció a todos sus títulos europeos, cubrió con sábanas blancas el lujoso mobiliario de Miramar (en Trieste, por cierto) y partió en barco (el Novara) rumbo a México, en donde fue recibido por una población jubilosa.
El nuevo emperador que, al contrario que su hermano Franzl era un hombre liberal, romántico y un algo tarambana, estaba acostumbrado a la tranquila prosperidad de Europa y, una vez terminados los fastos de su coronación, se dio de bruces con la realidad al observar que las finanzas del joven estado mejicano estaban en un estado caótico y que los ricos, como siempre, vivían muy bien en sus haciendas y los pobres vivían fatal. Hay que decir que tampoco él colaboró mucho para mejorar las cosas. Porque, después de Miramar, su residencia mejicana le pareció tosca, así que gastó enormes cantidades de dinero en embellecer el castillo de Chapultepec. También compró una casa de campo en Cuernavaca.
Eso sí, dispuesto a hacer bien los deberes, se enamoró de México perdidamente. País que, es de suponer, conmovió su corazón centroeuropeo por lo feurig (fogoso) de sus gentes .
Como emperador, le pasó un poco como a Don Quijote cuando desfacía entuertos. O sea: que fue un progresista que hacía esto y aquello, pero sin mucha coherencia. Dispuesto a mejorar la vida de sus súbditos, restringió las horas de trabajo y abolió el trabajo de los menores de edad (bien), canceló todas las deudas de los campesinos más altas de diez pesos y prohibió todas las formas de castigo corporal. Pero entonces…

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