El sábado por la mañana, un número respetable de ciudadanos aborígenes se paseó por Mariahilfer Strasse (céntrica arteria de la capital) para protestar por el acatamiento del parlamento austriaco de la reforma del tratado de la Unión Europea. Reforma en la que, por ejemplo, se acuerda una política defensiva común . Los manifestantes, convocados esta vez por el partido comunista austriaco (KPÖ) y por varias plataformas afines –por ejemplo aquella que se opone al uso de la energía nuclear- pedían que se diera al pueblo austriaco la opción de decidir si estaba de acuerdo o no con la reforma.
Para este país, la reforma del tratado tendría una consecuencia muy importante y no del todo deseable, en mi opinión de pacifista convencido. Oficialmente, Austria es un país neutral. Si se viera implicada en la política defensiva común esa neutralidad quedaría muy en entredicho. (Pero, por otra parte, la situación actual es tan poco lógica como si, dentro de España, Teruel decidiera declararse neutral).
Lo curioso de esta situación es que tanto el Partido Comunista como los verdes, así como sus antípodas políticas, los seguidores de Strache, el amigo de los niños, están de acuerdo en esto de reivindicar que el pueblo soberano decida si quiere o no quiere que el tratado de la Unión se reforme. Cada uno con un matiz un poco diferente, eso sí. Por que si los chicos del KPö luchan, como es su deber, contra la globalización y el dominio de las transnacionales; los seguidores de la derecha dura tienen entre sus reivindicaciones que Austria salga de la Unión, al grito de “¿Quién necesita a Bulgaria y Rumanía?”.
Entretanto, socialistas y populares, parecen estar de acuerdo en algo, por una vez, y ni se les pasa por la cabeza atender a las reivindicaciones de los manifestantes .
En cualquier caso, y fuera de esta cuestión concreta, lo que sí es cierto es que, como fruto de las vicisitudes de su nacimiento e implementación, las instituciones de la Unión le resultan lejanísimas al ciudadano; debido a esa imagen que la UE tiene de gobierno paralelo, bienintencionado y soñoliento.
El otro día, antes de saber yo de estas manifestaciones, andaba yo pensando que la Unión Europea es el experimento social más importante desde el trasiego de población que supuso la segunda guerra mundial.
Un experimento cuyas consecuencias no parecen hacerle mucha gracia a los aborígenes, por cierto. Los Austriacos, que son muy conscientes de ser una isla de riqueza (de mucha riqueza) en un mar rodeado de paises de economía más modesta, no se sienten nada tranquilos con la idea de bogar en la misma barca que búlgaros, rumanos, o croatas. De hecho, la perspectiva no les tranquiliza nada de nada. Están frescas aún en la retina las imágenes de la guerra fría, de los bloques de hormigón gris, de la pobreza, de la escasez en la que vivían los habitantes de los paises del antiguo COMECON .Y, aunque los ciudadanos austriacos viajan con gusto a otros países europeos (por ejemplo a la República Checa para arreglarse los dientes), desde la apertura de las fronteras, se ven obligados a convivir con otras realidades menos gratas como la mendicidad (que era una cosa casi desconocida cuando yo llegué en el año 2005) o con la inseguridad que ha aumentado bastante en las partes fronterizas con los nuevos países, en las que los austriacos tienen la sensación de que los cacos campean como Pedro por su wohnung.
Este conflicto funciona además a otros niveles, desde el momento en el que una UE que nació como un garante del Estado de Bienestar, está ahora capitaneada por gente tan poco afecta al sector público como nuestra amiga la canciller Merkel y el artista antes conocido como Nicolas Sarkozy, mencionado ahora en la prensa como «El marido de Carla Bruni«.

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