Un día, este chico se levantó con la sensación de que había ganado demasiado peso en los últimos tiempos, así que decidió ponerse a régimen. Una dieta leonina de esas que te tienen con la ojera puesta y soñando con pollos asados, como Carpanta.
Como es un hombre con mucha fuerza de voluntad –que no le ha servido para dejar el tabaco, pero esa es otra- decidió que sólo comería ensaladas. Y como, en Suecia, las delicias del zumo de la aceituna son desconocidas, el pobre chaval prácticamente se las comía crudas.
Daba pena verle, la verdad.
A mí me hacía mucha gracia porque le veía pinchar aquellas verduras secarronas (las que venden en esas tarrinas de plástico, previamente cortadas y regadas con cualquiera sabe qué aditivos) y le veía mirar las largas tiras de zanahoria con la misma cara de un náufrago que se viera obligado a comer cosas asquerosas; hasta que un día, le dije (en inglés, pero por ser tú, subtitularé el diálogo):
Una de las cosas que más ayudan a vivir, Ainara, es aprender a amar lo que a uno le conviene (bueno, primero uno tiene que tener identificado lo que a uno le conviene, por supuesto). En otras palabras: en esta vida escasean los momentos chocolate, y en cambio, abundan demasiado los momentos pan. Pero sin los momentos pan, la brillantez de los momentos chocolate queda muy empalidecida. Dado que esto es así, y al objeto de aumentar la cuota de felicidad que tenemos asignada, parece lógico pensar que hay que empezar a apreciar las cualidades del pan. Que es un poco soso, sí; que quizá no tenga la cafeina que el chocolate contiene (es ese el truco que nos hace sentir bien cuando nos lo comemos, o sea que la felicidad que produce el chocolate también es engañosa); pero es constante, y leal. Siempre se puede confiar en un buen pan. Lo mismo que siempre se puede confiar en una buena zanahoria.
En esta vida, Ainara, hay pocas situaciones que no tengan algo bueno (la muerte, quizá, sea la única cosa). El juego está en, ante una situación dada, encontrar lo que la hace divertida.
Esto que, sobre el papel, parece fácil, exige en realidad un entrenamiento diario y constante y las dosis de fuerza de voluntad de un atleta olímpico. Tu tío, por ejemplo, no consiguió que le gustara la carrera que estudió (a pesar de haberlo intentado, y deseado, con todas sus fuerzas) aunque ha tenido más éxito con otras cosas, como por ejemplo, con el alemán.
Todo es cuestión, supongo, de paciencia.

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