Los austriacos, en cambio, se han echado a la calle sin tenerle mayor miedo a esta fecha.
Y es que los aborígenes no son nada supersticiosos y se ríen de ti si insistes en que te dejen la sal encima de la mesa –es un pecado mortal pasarla de mano en mano con el consiguiente peligro de que se caiga- y no entienden el número que montamos los latinos en ocasiones tan trascendentales para el futuro propio y ajeno como el cambio de año (aunque ellos le pregunten a los hados echando plomo derretido en una redoma, o se regalen cochinitos o deshollinadores de juguete).
En cualquier caso, una de las historias que, entre otras, me veo obligado a repetir frecuentemente, es la de los gafes, cuya existencia se desconoce en Austria. Hasta tal punto, que no existe ninguna palabra alemana para nombrar este curioso fenómeno del cenizo (por lo menos que yo sepa). Y eso que los hay reputados (gafes)allí, y seguramente, por estas calles vienesas. Una serie de personas con las que es mejor no relacionarse para no tentar a la suerte. Como cierto presidente de la República Argentina, que hacía que perdiese su selección siempre que se sentaba en el palco del estadio, o cierto cantante español, al que sólo se puede nombrar por sus iniciales –jota pé– y que es fama que, en cuanto te pone el ojo encima, te expone a un atropello mortal por un tren de mercancías o al desahucio de tu casa por no poder pagar las letras al banco.
–No, hombre. Bastante desgracia tiene el pobre, joé. Eso es muy grave y no se dice. Lo sabe la gente a su alrededor y se va corriendo la voz.
–O sea, que no es oficial –dicen ellos, como queriendo significar que lo que no es oficial y, por lo tanto, no homologable, no existe.
–No imprimen camisetas, no.Tampoco es una cosa para ir presumiendo.
-¿Y qué puede hacer para dejar de ser gafe?
-Pues hombre, no sé. Para el mal de ojo se compra una cruz de Caravaca, pero para el cenizo…No sé, la verdad. Creo que no tiene remedio.
En mi etapa teatral coleccioné muchas supersticiones. No porque tuviera especial miedo de la mala suerte, sino porque me parecían divertidas. Por ejemplo: en el teatro nunca se debe coser en el escenario o hacer punto, o vestir de amarillo (color gafe porque dicen que lo llevaba Moliére cuando murió en plena representación de “El enfermo Imaginario”, que ya es mal gusto). Aunque esta última superstición es algo sospechosa, porque en Francia el color gafe es el rosa y en Italia el verde, y tanto italianos como galos utilizan la misma excusa para explicarla.
Jamás, eso sí, y en eso están de acuerdo todos los cómicos del mundo, debe desearse buena suerte a un compañero que vaya a salir a escena. En España se dice “Mucha Mierda” (una invocación a la buena fortuna aparentemente escatológica, pero que tiene su explicación histórica); en Italia se dice “Bocca di Lupo “(!) y en Francia “merde” o, más elegantemente ,“les cinq lettres”. Los ingleses dicen “break your leg”.
Lo de la mierda española y la merde francesa, con perdón, vienen porque, antiguamente, los teatros se encontraban, por imposición eclesiástica, extramuros (concretamente a más de una legua, prohibiéndose a los cómicos que se acercaran a menos de esa distancia al poblado, de lo cual viene la expresión “cómicos de la ídem”). El pueblo llano iba al teatro en el coche de San Fernando, y la gente de calidad, a caballo, dejando al semoviente aparcado a la puerta de la sala. Naturalmente, los animalitos hacían sus aguas mayores y menores mientras sus dueños contemplaban el juego de los actores. Con lo cual, al terminar la representación, mucho público equivalía a mucha bosta (mierda, in silver) caballar.
He dicho antes que los austriacos no son supersticiosos, pero hay una excepción: el acto del brindis es sagrado. Y hay ciertas reglas que hay que cumplir, so pena de sufrir siete años de mal sexo. Cuando se brinda, se dice “Brost” y se mira a los ojos de la persona con la que brindas –incluso los más puntillosos marcan el gesto levantando la barbilla-. En una mesa hay que brindar con todos los comensales individualmente y los brindis no se pueden cruzar.
Es un poco trabajoso, sobre todo cuando hay más de cuatro personas comiendo (y,a veces, la cuestión toma el cariz de las caóticas paces que nos dábamos en la iglesia durante la catequésis, ocasión siempre propicia al jolgorio) pero oye, con tal de sortear el peligro de siete años de flojera amatoria…Vaya, que tampoco cuesta nada.

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