La emoción

28 de Mayo.- Querida sobrina: digamos que, en estos últimos años, el orden de prioridades del mundo occidental ha ido cambiando lentamente.
Cuando yo era niño (más o menos en la década de los ochenta del siglo pasado) se consideraba aún que, para tener éxito en la vida, era primordial tener aguzadas las potencias de la razón.
La lógica, el sentido del orden, la capacidad de retener datos y poder evocarlos a voluntad, eran capacidades que se procuraba alentar en los estudiantes. Los padres presumían si sus hijos contaban con ellas, y el sistema educativo estaba diseñado para seleccionar a aquellos alumnos que destacasen en estos campos y para ir desechando, poco a poco, a aquellos alumnos considerados “no tan brillantes”.
Sin embargo, poco a poco, debido sobre todo a que los datos ya no deben ser evocados –se encuentran en la red de manera bastante sencilla- y debido a que la cultura de la imagen va arrinconando poco a poco al tedioso mundo de las palabras, estas capacidades han quedado al mismo nivel de “modernidad” que el trivium y el cuadrivium medievales, y se ha impuesto otra forma de aproximarse a la realidad más acorde con los tiempos: el hombre ha descubierto la emoción.
Naturalmente, aquellos seres humanos procedentes del antiguo paradigma, no lo han tenido fácil para hacer la transición. Particularmente los hombres (bípedos implumes de sexo masculino) han tenido que aprender esas habilidades que, anteriormente, eran consideradas “femeninas”. Y así, de un paradigma de masculinidad que premiaba sobre todo a aquellos individuos que podían permanecer tan inalterados ante la adversidad como el metro de platino iridiado que se guarda en París, hemos pasado a un modelo de hombre que se ve obligado a ser flexible, a comprender al otro. Y, si la circunstancia le conduce a ello, a llorar.
En estos últimos tiempos, el hombre (y la mujer) han descubierto que, si bien las potencias de la razón ayudan a progresar en el escalafón del aparato productivo (aunque no siempre, debido a la sobreabundancia de personas con un curriculum académico apabullante), las potencias de la emoción ayudan a algo más amplio y deseable: a tener éxito en la vida.
Un éxito que se cifra en ese concepto tan nebuloso que implica “ser feliz”, según el American Way of Life.
La películas americanas –nuestro modelo cultural- están llenas de hombres y mujeres que se dicen, con los ojos en blanco, aquello de “ya no soy feliz contigo” o “me haces muy feliz”. Algo, esto último, que se podría traducir por “me das lo que yo espero” o, utilizando terminología económica “me produces utilidad”. Del mismo modo que un buen frigorífico nos hace felices porque enfría la coca-cola como debe ser, o igual que una cámara de fotos digital hace posible el milagro de que yo lleve a todas partes fotos y videos tuyos en el bolsillo.
Se ha puesto de moda ese concepto tan vago, tan propicio a los timos, que se ha dado en llamar “Inteligencia emocional”.
La sabia administración de tus emociones, sobrina, te ayudará a ser una persona equilibrada y hará tu vida más cómoda, aunque, por sí misma, no creo que constituya ninguna panacea. La llamada “inteligencia emocional” ayuda a vivir, lo mismo que ayuda el saber inglés si uno se encuentra en un país extranjero.
Sí: quizá sea este el símil más justo: todos estamos en un país extranjero, rodeados de desconocidos que hablan una lengua, la de la emoción, no siempre inteligible. Poder poner la oreja e interpretar los mensajes que los otros nos envían, resulta tan útil como poder interpretar un mapa de líneas de metro que nos lleve al sitio que deseamos.
Con la ventaja de que el lenguaje de la emoción no requiere ser aprendido desde fuera sino que, desde que tenemos una edad, se encuentra inserto dentro de nosotros. Por eso, Ainara, esfuérzate en reconocer tus emociones, única manera que tendrás de poder reconocer las de los demás y de poder darles paso y canalizarlas, como se conducen eficientemente las aguas que riegan un huerto. Aprende a preguntarte siempre por qué haces las cosas y, sobre todo, no les tengas miedo a las respuestas. El desconocimiento de las emociones, con la huida de ellas que supone, nos conduce siempre al pánico, a la oscuridad, al desequilibrio. Aprende a considerar tus emociones como uno de los vectores de tu conducta. Aprende a amarlas como una parte de ti misma que son. A dejarte llevar suavemente por ellas. Trata de almacenarlas a una presión que puedas soportar. Desagua de vez en cuando caudal emocional, para que la presa no se rompa. Aprende a reconocer las señales.
(Como decía Santa Teresa, “este lenguaje del espíritu es tan malo de declarar…”).
Siento, Ainara, que esta carta sólo ha tocado el tema que la ocupa muy superficialmente y sospecho que, en el futuro, tendremos que aproximarnos al tema, tú y yo, de manera más despaciosa. Mientras tanto, cuídate mucho y sé buena (que para ser mala ya te llegará el tiempo).
Besos de tu tío.

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