Mejuto el pérfido
Mejuto y Martos

17 de Junio.- El hombre más odiado de Austria se llama hoy González (Mejuto, aquí su link wikipédico,gracias hermano), que fue el árbitro del encuentro que no mandó a la selección austriaca a casa –porque ya estaba en ella- pero que la sacó del campeonato de Europa a pescozones (jolinetes).
Como no podía ser de otra manera, dada la calaña que se junta en estos eventos, hubo reacciones patanescas ante esta derrota. Parece ser que en el distrito 1, Judenplatz y por ahí, así como en Praterstern, grupos de iracundos aficionados aborígenes olvidaron los buenos modales más elementales y, acogiéndose a la ley de Linch y encomendándose al espíritu de Fritzl, decidieron darle una buena soba a cuanto Piefke se encontraron a su paso. Vuelo de sillas, vuelo de mesas, vuelo de botellas. Vuelo de todo tipo de artefactos en principio no voladores. Veinte detenidos. Una lástima.
Esta noticia tan importante para el futuro del país ha desplazado de las portadas a otras de mucho más calado. Como por ejemplo, que los médicos austriacos hicieron huelga ayer para protestar por la reforma sanitaria que pretende impulsar el gobierno bicolor capitaneado por Gusembauer; o que, debido a la explosión de los precios del petróleo y las materias primas agrícolas (cereales, principalmente) la inflación ha sido la más alta en Austria desde el lejano 1993. Asimismo, los periódicos conservadores, siempre atentos a las presuntas sevicias del canciller socialista y sus ministros psicópatas, preparados siempre a mostrarle a la ciudadanía inocente que Gusembauer es un lobo estalinista con piel de cordero socialdemócrata, resaltan que ayer hubo un cambio de poderes en el SPö, que modificó su jefatura.
Yo, la verdad, me encuentro ajeno a estas cosas: las aventuras de Gusembauer, dado que no le puedo votar, ocupan un lugar relativo de mi atención, y tampoco vi el partido (la falta de interés por el fúmbol es uno de mis principios más arraigados, y no es cosa de abandonar los principios a mi edad).
De preocuparme, me preocupa la inflación, pero poco puedo hacer para evitar sus consecuencias. Así que, tras hacer diligentemente las tareas de mantenimiento de mi vivienda, me senté con un puñado de kikos suministrados por mi amable T. y, dando vueltas por las cadenas españolas, me encontré con que, en Canal Sur, ponían o echaban un programa especial en el que Rafael Martos, más conocido como Raphael, explicaba su vida.

Soy un gran fan de Raphael, y ayer, viendo las viejas grabaciones, volví a reconfirmarme en mi culto. Si Raphael hubiera sido americano, no hubiera tenido rival. Quizá Sinatra. Porque Raphael es un estilo. Y hoy en día ya no surgen cantantes como él, porque todo está sujeto a la dictadura de la corrección y de la grisura. En un panorama trufado de grupos de melodías más bien tontainas, voz femenina/masculina ligeramente nasal y nombre gramaticalmente uniforme (artículo, sustantivo, complemento: “La oreja de Van Gohg”, “El sueño de Morfeo”, “La quinta estación”, “El canto del loco”…) no hay sitio para monstruos escénicos como el diestro de Jaén.

El famoso video del Chiquipam

A la figura artística de Raphael le han hecho daño dos cosas: una, los imitadores; que han tomado solo la parte más superficial de su estilo (esa manía de aflojar bombillas) y dos, que Raphael, para su desgracia, fue prisionero inevitable de una época de España. Cuando Franco muere, Raphael fue uno de los miembros más brillantes de esa diáspora que llevó a las estrellas del desarrollismo a hacer las Américas porque aquí no se comían un colín, asociados como estaban al antiguo régimen (los ejemplos de este éxodo son multitud: Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Lola Flores…).

En el show de Ed Sullivan, por si alguien no se lo creía

Pero antes, ya había cantado, en los años sesenta, en el Madison Square Garden de Nueva York ante un entregado público de 48.000 personas, había actuado en el Show de Ed Sullivan, con una audiencia de varias decenas de millones de telespectadores, llenado estadios de fútbol, plazas de toros, hecho películas. Y había sido el primer cantante español que había obligado a su público a sentarse a escucharle. Un acontecimiento histórico. Una serie de conciertos de dos horas y media en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Las cifras de Raphael son abrumadoras: ha vendido cincuenta millones de discos en todo el mundo y hay canciones de él que son parte de nuestra memoria. Raphael es un tótem. Y yo, uno más de sus rendidos admiradores.

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