El equipo del último Indiana Jones en una foto promocional
Indi, no te mueras nunca (joé)

27 de Junio.- Dicen las lenguas de vecindonas que Harrison Ford, cuando va en bata y zapatillas, no se diferencia mucho de la mesa sobre la que estoy escribiendo. Con motivo del reeestreno número n de Blade Runner, su director comentó que el coeficiente intelectual de nuestro excarpintero favorito viene a ser el de un niño de cinco años, de esos que en España ponen a decir gilipo**eces con Julia Otero, Gemma Nierga, o cualquier otro gracioso autonómico.
Sus elecciones profesionales, demuestran sin embargo que de tonto no tiene un pelo y que conoce exactamente sus límites. Nadie puede imaginarse a Mister Ford haciendo un Shakespeare –daría risa, como en el caso de Mel Gibson– así que nuestro amigo es un buen fajador que lo mismo te hace de ejecutivo que cambia de vida (“A propósito de Henry”, esa peli que parece escrita por Michael Landon desde el más allá) que de espadachín interestelar con la profundidad de un BigMac.
Por otra parte, Karen Allen, su compañera en este último Indiana Jones –no creo que a nadie le hayan quedado ganas de hacer el quinto- era, en “Raiders of the lost ark” (En busca del arca perdida) el prototipo de chica simpática, pimpante y resultona. Debo decir con dolor que los años han confirmado lo que ya se preveía en su mocedad: sí, queridos lectores del mundo: las décadas no perdonan y a la pobre Allen se le ha puesto culete de pañal.
Ayer vi “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” con un sabor de boca agridulce. Por una parte, me divertí mucho, porque es una película muy entretenida (vamos, las dos horas se me pasaron en un suspiro). Pero, para que sea así, no hay que ir buscando una gran obra maestra del cine, y mucho menos comparar con las antiguas. Son ligas distintas.
Por otra parte me dio pena, francamente, ver a Harrison Ford y a Karen Allen intentando ser divertidos, juveniles y elásticos como Antonio Banderas en estas chorradas que hace para pagarle la silicona labial a Melanie Griffith.
En las primeras escenas, particularmente, Harrison Ford parece un indigente: la barba de tres días, la cara abotargada y mate, y un vestuario que hace que te retuerzas de dolor. Pero sobre todo, un detalle que eleva exponencialmente la congoja: a muchos ancianos se les va descolgando poco a poco la quijada, y no pueden mantener la boca cerrada del todo. A Harrison Ford se le cae la quijada como al sexagenario que es y, el notarlo en los primeros planos, te hace reflexionar sobre cuán fugaces son las glorias mundanas y cuánto y cuánto se estropean los cuerpos (aún los más gloriosos).
Eso sí: pasada la impresión de ver a tu héroe poco menos que con principio de Alzheimer, y a la otrora restallante Marion Ravenwood convertida en la compañera de residencia de Sofia Petrilo, la peli funciona fenomenal. Como un cómic de lujo. Aunque el aspecto visual no esté tan cuidado como en otras películas de Spielberg (hay un racord de luz en las primeras secuencias que tumba, por ejemplo), se ve una dirección artística competente y hay trozos que dan miedo.
El guión no da para muchas alegrías fuera de las derivadas de los mamporros y las persecuciones –Spielberg sigue haciendo las escenas de acción como nadie- y la inclusión en el reparto de un John Hurt prácticamente irreconocible, parece un intento de repetir el toque británico que tanto dio de sí vía Sean Connery (aquí, psché).
Kate Blanchett, melena tipo paje, mono enterizo, es la reina Isabel I de Inglaterra disfrazada de cosaca. O sea, que se confirma que la gama interpretativa de esta chica da para cuatro mohínes y medio, que lo mismo le valen para hacer de regia vencedora de armadas invencibles que de espía bolchevique. Pero como la cosa es un tebeo, ya digo que tampoco pasa nada. Shia le Boeuf está fenomenal y, a su cargo, están los momentos más divertidos de la película (aunque también los más chorra, en la línea del Antonio Banderas infantil de que hablábamos antes).
Los efectos especiales: muy bonitos cuando son artesanales. Con tendencia al colorín cuando son de ordenador. Es un poco como aquella horterada de bicho que puso George Lucas en la primera de las películas nuevas de la guerra de las galaxias para demostrarlos que él tenía la CPU más larga que Rocco Sifredi. Pues en ese plan. Los directores deberían pensar que el ordenador está para que no se note que lo has usado y que los colorinchis ácidos envejecen fatal.
La calavera está llena de autoparodias –muy de agradecer-, citas para iniciados –despepitantes- y, sobre todo, de un aroma a viejo cine de aventuras que te hace darte cuenta de que los años también pasan para ti (Ay, esas arenas movedizas que salen; esas lianas, mein Gott). Cuando la peli se termina y suena la fanfarria de John Williams, uno no puede evitar que le asalte la nostalgia.
Yo me acordé del primer Indi que vi en el cine: el del templo maldito. Fue en el cine Castilla (hoy, salón de bodas). Fui con mi hermano y con mi padre, que nos compró un paquete de caramelos Chimos (chimos es, es un agujero/rodeado de buen caramelo) que cayó antes de que la película empezase. Todavía mi hermano y yo seguimos repitiendo líneas de diálogo de esa película que los dos hemos visto cienes y cienes de veces –juntos y por separado- y que, junto con “Sonrisas y lágrimas” es uno de nuestros greintes jís.
“¿Es usted Willie Scott, la famosa cantante?”
“Oh, sorbete de sesos de mono ¡Delicioso!”
“Y nos robaron… ¡la Shivalinga! del poblado “(
en esta, al decir lo de la Shivalinga, y hacer el gestillo que hacía el indio, todavía nos descojonamos, porque mi hermano y yo somos muy mitómanos y nos gusta hacer el chorra a partes iguales)…
¡O tempora, o mores! La música de John Williams sonó ayer casi casi como entonces.
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