Frau Zupak y el emperador
26 de Julio.- Durante casi un siglo, en el tendedero de la señora Zupak colgó este cromo del emperador Francisco José. Suponemos que lo heredó de sus padres, una pareja de Burgenland que vivió el esplendor de la Monarquía. Después del reciente fallecimiento de su dueña, el cuadro ha ido a parar a manos de uno de sus descendientes que, pese a su estado un tanto astroso, ha decidido conservarlo.
La señora Zupak fue, suponemos, una más entre esos millones de amas de casa que, con su esfuerzo anónimo, hacen funcionar este mundo. Después de todo, alguien tiene que cocinar, lavar, planchar y coser, mientras, ahí fuera, otros y otras están ocupados en guerras, políticas y comercios. Alguien tiene que preocuparse de mantener encendida la llama del hogar. Hoy en día, cada vez más, todas esas funciones las realizan profesionales pero, en los tiempos de Frau Paula Zupak, el enorme rango de tareas que se agrupaban bajo el confuso epígrafe “labores domésticas” era responsabilidad exclusiva de las amas de casa.
Sólo vi a la señora Zupak una vez, durante una cena de navidad a la que asistió en compañía de sus biznietos y de su primer tataranieto, pero saqué la impresión de que, aquella mujer que aún se peinaba con dos rodetes al estilo de los de la Princesa Leia, de Star Wars, era una persona alegre como un cascabel pese a las nueve décadas de vida que llevaba a las espaldas. Cuando, demasiado cansada para seguir con la fiesta hasta altas horas, se retiró a dormir, uno de sus familiares me contó una anécdota que ilustra mejor que nada el espíritu de esta mujer y de otras como ella que, cada día, se patean este mundo luchando por un futuro mejor para los suyos.
Cuando las tropas nazis entraron en su pueblo, la señora Zupak, entonces una jovencita, paró su bicicleta delante uno de los soldados vestidos de gris y, con los brazos en jarras, le espetó:
-Ahora nos han invadido ¡Pero no se crean ustedes que esto se va a quedar así!
El soldado, atónito ante aquella insolencia que podía haberle costado cara a la chica, la miró desde la altura de su victoria y sólo le dijo con desprecio:
-Circule, joven.
Y Paula se alejó pedaleando furiosamente.
Hoy, con la excusa de la lámina, he querido hacerle un homenaje a la Frau Zupak. Una mujer que cocinó, cosió, fregó y lavó para una legión de gente. Pero que, sobre todo, y a pesar de todo, se lo pasó muy bien y disfrutó mucho de su vida.

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