Cementerio Judío

10 de Agosto.- Paseo por la parte judía del Zentralfriedhoff. El recinto está dividido en dos partes: la parte nueva y la parte vieja. Casi diría que por error, mi compañía y yo entramos, primero, a la parte nueva. Se accede a ella por una puerta ojival, que resguarda un camino de gravilla que se interna entre las tumbas. Nuestros pasos resuenan, terrosos, en el silencio. Cuando estamos a cosa de diez metros de la puerta, una voz a nuestra espalda, áspera, con un fuerte acento extranjero, nos increpa en alemán:
-Hallo! Eh! Eh! Hallo!
Cuando nos damos cuenta de que es a nosotros a quien se dirige, nos damos la vuelta, un tanto espantados. Se acerca a nosotros un caballero de andar fatigoso y expresión agria que nos indica que estamos en el cementerio judío:
No tiene ninguna comunicación con el resto.
Sólo podemos acceder al recinto del cementerio con la cabeza cubierta. Se señala la suya, coronada con el gorrito característico de los hebreos.
Mi compañía le pregunta:
-¿Y dónde podemos conseguir uno?
Por toda respuesta, el guardián del cementerio nos vuelve la espalda y, sin darnos ninguna indicación visible, se dirige a su garita. Le seguimos, sin muchas esperanzas de conseguir un resultado positivo, pero cuando estamos a pocos pasos, le vemos salir de su chiscón tendiéndonos dos gorritos de tela negra ribeteados por una cinta azul. Nos los calzamos y, tras darle unas gracias que no se digna responder, nos internamos en el cementerio judío.
Son las dos de la tarde, el sol cae a plomo y cantan las chicharras entre unas tumbas que no están demasiado cuidadas. Sobre algunas lápidas, descansan los guijarros que los judíos dejan en sustitución de las flores cristianas. Por las largas avenidas no se ve un alma. Las hierbas altas casi tapan algunas de las lápidas con nombres de personas que ya han desaparecido. El lugar parece tranquilo, es relajante incluso, pero no resulta nada acogedor. No es que se perciba en el aire ninguna hostilidad, pero todo el recinto tiene cierto aire de abandono, una impersonalidad extraña para un cementerio.
Tras más o menos media hora de paseo, depositamos nuestro gorrito en las manos de su dueño, y nos encaminamos hacia la otra puerta, la que da acceso al antiguo cementerio judío. Aquí el panorama es bien otro. Se diría que la comunidad judía no considera este cementerio como una parte de sus posesiones. La ortodoxia no nos exige cubrirnos la cabeza. Incluso, de paseo por entre las tumbas, nos encontramos a una pareja que juega relajadamente a un juego de raquetas –detalle que a mí, personalmente,me parece bastante irrespetuoso-; las tumbas, en esta parte del cementerio están asimismo descuidadas, pero conservan gran parte de su grandeza imperial. Los muertos más modernos son de los años veinte. La mayoría de los antiguos son difuntos de la época gloriosa de los Habsburgo, y estánsepultados en grandes templetes góticos o historicistas, de bellísimo mármol negro que, a pesar de los siglos, conserva una superficie pulida, cálida, casi como la piel humana. Este cementerio sí que resulta relajante. Frente a las altas lápidas, comidas por la enredadera, frente a los grandes pebeteros de hierro, devorados por la herrumbre, uno no puede más que sentir una sensación agradable de pequeñez. Por una de las avenidas del cementerio desierto una mujer ancianísima y un hombre matusalénico sin camisa, se gritan los nombres que van leyendo en las tumbas:
-¡Fíjate! ¡Tú, ven! –le dije la vieja a su sordísimo acompañante- aquí están enterrados los Pollak.
El viejo se encamina hacia el lugar indicado apoyándose en su bastón. Se queda mirando a una de las lápidas de volcánica piedra negra, haciéndose visera con las manos. Cantan las chicharras.
Uno se para delante de una de las tumbas que el tiempo ha profanado. En el profundo hueco, de casi dos metros de profundidad, no hay nada, sólo el vacío. Todo para aquí, así que, ¿Para qué preocuparse?
El verdor lujuriante de un verano ya tocado por la dulzura del otoño le da la única respuesta posible.
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