Los niños no escapaban de este singular concepto del mundo. Desde pequeños, se nos bombardeó con mensajes que decían que el camino del futuro estaba empedrado de dificultades que sólo se podían vencer con trabajo, disciplina y tesón. Se nos enseñó que la desgracia acecha, que la shit happens y que siempre hay que tener un plan B por si pintan bastos. De niños, tu padre y yo fuimos queridos, incluso mimados a veces, pero no se nos engañó en ningún momento: como pobres que éramos (y somos), hijos de trabajadores, lo único que nuestros padres podían ofrecernos eran los mejores consejos y una educación que nos acompañaría (y nos acompaña) para siempre. El resto dependía de nosotros. Se nos enseñó a sacar mucho de lo poco, a ser constantes como la gota de agua que horada la piedra, a tener los ojos abiertos y curiosos, a no despilfarrar recursos y a ser solidarios con los que tenían menos que nosotros.
Para que te hagas una idea de la mentalidad de tu bisabuela (una mujer para la que cualquier frivolidad era casi una falta de educación) te diré que, cuando éramos niños, y ya en una época en la que se empezaban a extender otros conceptos de infancia, tu padre y yo recibimos como regalo un par de abrigos loden verdes de señor mayor y un par de paragüitas negros como ala de cuervo. Nosotros, lo aceptamos como algo normal: ¿No era la infancia un estado del que había que salir lo antes posible? ¿No estaban hechos los paraguas para protegerse de la lluvia y no para alegrar los ojos?
Te cuento todo esto, Ainara, porque de resultas de esta educación, a tu padre y a mí nos cuesta mucho ser egoistas, y solo a fuerza de ir en contra de lo que nos han enseñado conseguimos olvidarnos de la obligación para hacer uso y disfrute de la devoción. Nunca he hablado de esto con tu padre, pero estoy convencido de que, a pesar de ser los dos muy juguetones (espero que este blog sea una prueba de ello) nos cuesta dejar de ver esta disposición para el placer como una excentricidad o una travesura.
Frente a nosotros, o mejor dicho, detrás, tenemos una buena colección de modelos de trabajo constante. Incluso, en una maniobra retorcida, esos ejemplos se las apañaron para convertir el placer (verbigracia, hacerle la vida risueña y agradable a los demás) en otra clase de trabajo, en un deber en cuya consecución no había que cejar.
No estaba bien quejarse, ni expresar cansancio, aburrimiento o hastío. Esto era común a los dos lados de nuestra familia. Famoso es el caso de una tía abuela tuya que, sumida en una grave crisis personal, se paseaba por su lugar de trabajo contando chistes, mientras la gente le decía:
La moraleja de hoy, sobrina, es que tienes que luchar por aprender a dejar fluir tus emociones; tienes que aprender a programar en tu vida momentos para quitarte la armadura, para aceptar que eres umana y que la alegría y el confort de los demás no dependen de ti solamente.
Date espacios para ti, para disfrutar sin sentir remordimientos. Ganarás. Ganaremos.
Besos de tu tío.

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