James Bond con su cazadora ideal para andar por el desierto
Maestros del año sabático

17 de Noviembre.- Ayer por la tarde estuve viendo la última de James Bond (A Quantum of Solace) y la verdad es que me lo pasé muy bien. Una lista de razones para no perdérsela:
Sale Austria. Bregenz para ser más exactos y, no es por nada, pero es la escena más bonita de la peli. La que juega mejor con el montaje, el sonido (o la falta de él) y la música. Por supuesto, hay que verla en pantalla grande.
-Sale Fernando Guillén Cuervo haciendo de poli corrupto (angelico). Vamos, que yo lo vi, y si me pinchan no me sacan un coágulo. No le falta ni el diente de oro. Por supuesto, está para matarlo (vaya, tampoco es que haga mucho: decir un par de frases, coger un maletín lleno de euros y morirse de certero tiro en el entrecejo propinado por James Bond). Para mayor desprestigio del actoraje nacional, le doblan al alemán con una voz aguardentosa tipo Sancho Gracia, que termina de matarte de risa.
La cuchipanda idiomática, particularmente en español. No sé cómo se las habrán arreglado para doblar esta película en España y América Latina, pero tengo que reconocer que me mata la curiosidad. Particularmente, hay una escena en la que entra James Bond hecho un pincel con una pelirroja inglesa de la mano en un hotel de megaultrasuperlujo (está en La Paz pero podría estar en Marbella por la cantidad de dorado por metro cuadrado); serio, varonil, echando peste a feromona y after-shave del caro, se acerca al mostrador del conserje y, como quien pronuncia el conjuro para descorrer la roca de la cueva de Alí Babá, dice:
-Somos maestros del año sabático, nos hemos ganado la lotería. Estamos del viaje.
La única carcajada que se oyó en el cine fue la mía, por supuesto. El conserje, en la peli, ni tan siquiera acusó el golpe (que seguramente sí acusaron los huesos de Cervantes, allá donde estén) y le entregó a nuestro amable agente las llaves de una supersuite de lujo con tres habitaciones, mármoles, y más superficie cromada que en casa de Jesus Gil (q.e.p.d.).
En fin.
-Por Daniel Craig, que ha sido actor antes de hacerse agente secreto, y eso se nota (a pesar de que tenga la manía de poner los labios haciendo trompita, lo que le da cierto parecido involuntario con Vladimir Putin). Aún diría más: a pesar de lo imbéciles de las escenas que no consisten en “te descerrajo un tiro, te parto la cara de un mamporro” (un 20 % del total, aproximadamente), Craig consigue darles un poco de humanidad. De otra forma, Bond hubiera podido ser creado facilmente por un grupete de hacendosos informáticos.
-Por la chica Bond, que no pasará a la historia, pero tampoco es el típico florero. No es que sea una físico nuclear, pero tampoco se limita a salir del agua, en una paradisiaca playa tropical, tapada solo con un escueto bikini. Curiosamente, en este Bond hay muy poco sexo –el pobre James está demasiado ocupado partiéndoles los morros a los malotes como para que la polvera sea una de sus prioridades-.
-Por último, por el vestuario de Bond, espejo de elegancia, a la par que antítesis del espíritu práctico. Me lleva el coleguita, a saber: un terno de pantalón semipitillo, cazadora negra a juego y camisa azabache (ideal para meterse en desiertos polvorientos porque, al minuto dos, está enharinado como una croqueta). La misma camisa, la misma cazadora y unos vaqueros blancos que se pasan la mitad de la peli como la funda de un jamón. Un atuendo sufridito, vaya. El esmóking sin el cual un Bond es cual árbol sin flores. Y, por último un atuendo ideal para matar en Kazajstan que, este sí, es un modelo de elegancia inglesa.
(Por cierto y hablando de atuendos, a mi Guillén Cuervo me le visten con una gorra de plato caqui y una cazadora guateada que parece un vigilante jurado de Prosegur.)

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