Quizá, cuando seas mayor, ni siquiera sepas lo que son. Y sin embargo, la vida, durante siglos, no hubiera sido posible sin ellas. Marujas hubo en las pirámides de Egipto, en la Edad Media, y hubo marujas que le sacaron las castañas del fuego al mundo mientras los hombres se metían en guerras por un palmo de tierra más o menos.
Ya desde el principio de esta carta, sobrina, te digo que, si Kennedy declaró con un acento horrible que era un berlinés más, yo te digo que, de mayor quiero ser maruja (o más aún).
La denominación, ese diminutivo que empezó siendo cariñoso y terminó en peyorativo, se debió de acuñar en España en la primera mitad del siglo pasado. Las marujas, o marías, eran entonces las amas de casa que se dedicaban lo que, en el carnet de identidad de entonces, se llamaban “las labores propias de su sexo”. No, no te escandalices. Estamos hablando de un momento en que España era un país machista (o, en todo caso, mucho más que hoy) y en el que el machismo se sostenía con la complicidad de las mujeres, aunque te parezca raro. Las de aquella época tenían unas jornadas de trabajo extenuantes, dándole de comer a todo el mundo, lavando, limpiando, cosiendo (cuando aún se cosía) y haciendo una gama muy amplia de tareas que necesitaban de unos conocimientos y destrezas variadísimos, que empezaban a aprenderse en la infancia y no se dominaban hasta bien pasado el ecuador de la treintena.
Para repartir la carga, se hicieron solidarias hasta formar una red de socorro mútuo, que acudía en ayuda de la que tenía problemas; como no tenían acceso la mayoría de las veces a otras formas de cultura, mantuvieron viva la llama de la popular, en su mayor parte oral; sacrificaron su propia formación por la de los otros siguiendo el generoso impulso de la maternidad. No olvides, Ainara, que las madres españolas eran las verdaderas transmisoras de valores (erróneos o no, esa no es la cuestión) que vertebraban la sociedad. Como sabían (y saben) que nadie da nada por nada, inventaron una unidad mínima de intercambio: el favor a medias generoso y a medias interesado. La desprestigiada conversación de las marujas (desprestigio que viene de la mirada despreciativa de muchos hombres de hoy y de ayer) es en realidad lo que las convierte en dealers de información. Cada maruja es un par de oídos que escuchan y un par de manos que destinan recursos ahí donde hacen más falta.
Hoy, las marujas se extinguen lentamente porque las mujeres trabajan fuera de casa y la sociedad ha decidido que puede y debe pasar sin lo que las pobres aportaban. O peor, ha silenciado su papel de siglos, convirtiendo a las amas de casa en figuras anticuadas y un poco ridículas.
Es cierto que a nadie, y mí menos que a ninguno, se le ocurriría reivindicar la obligatoriedad del sacrificio que durante siglos ejercieron las mujeres en nombre de una hipotética felicidad doméstica (felicidad que sería incompleta, porque estaría basada en la opresión de un grupo humano). Pero lo cierto, Ainara, es que estamos perdiendo una figura imprescindible para el funcionamiento de la sociedad, por lo que tenía de vertebrador y que, quizá por desconocimiento de su importancia, no hemos encontrado un recambio.
Quizá la solución es que todos tomemos la bueno de su papel y nos convirtamos en un poco marujas.
Besos de tu tío.

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