A mí los Reyes me han traido ropa deportiva (que ya me iba haciendo falta) y hoy voy a hacer mis carreras y mis levantamientos más bonito que un San Luis.
Sin embargo, quería hoy hablar de otro tema relacionado. Una de las cosas que más me gustan es que me regalen libros. En Viena, debido a mi pereza (librerías españolas hay, pero me pillan lejos de casa) los libros son para mí un bien precioso. Míos tengo pocos (siempre demasiado pocos) y en cada viaje a España me desprendo de un par para poder traerme otro que me alegre la vida. Por eso también, muchas veces, cada vez que un visitante me pregunta qué quiero de España, qué echo de menos (pensando en el chorizo, el aceite de oliva o el Cola-calo) yo me resisto y digo:
–No, si aquí hay de todo, de verdad, no tienes que traer nada…
-Pero algo querrás.
Y yo:
-Bueno, si te empeñas…Tráeme un libro.
La gente piensa seguramente que es una respuesta de compromiso (“este chico, qué modesto es”) pero la verdad es que los libros me hacen más feliz que cualquier cosa de comer (bueno, casi: los turrones de mi vecina Tere y de mi madre también me hicieron muy feliz).
Además de por la escasez, los libros me hacen feliz por otro motivo: porque muchas veces mis visitantes eligen volúmenes que yo nunca hubiera comprado motu proprio y, de este modo, me abren las ventanas del espíritu.
Todo esto viene a cuento de que el sábado recibí “Los anillos de Saturno” de W.G. Sebald y llevo ya doscientas páginas. Soy incapaz de parar y sólo siento que se me va acabar demasiado pronto. Es un libro bellísimo, de una totalidad conmovedora. En donde la mentira y la verdad se mezclan de una manera deliciosa. Páginas seguidas en las que ni falta ni sobra nada, en las que el lector (yo) es al mismo tiempo espectador y creador de su propia aventura. En resumen: una experiencia.
También me pasó con “Algún día” el último libro de mi amigo Teo García, que ya glosé en su día (ver post “Un libro cojonudo (y me quedo corto)”). Un volumen en el que pasé sumergido cuatro días trepidantes y que ahora, en España, lee mi padre (por cierto, amigo, feliz año, que todavía no hemos hablado). Y también con “El abrecartas” de Vicente Molina Foix, que sigue siendo una de mis relecturas predilectas (cuando uno tiene pocos libros siempre se ve en la placentera obligación de releer). Hay varios momentos en “El Abrecartas” en los que a uno se le empañan los ojos.
O el libro de poesía que me regaló mi primo X., o el de citas ingeniosas de mi amigo O.
Los libros que otros eligen para nosotros tienen la virtud de venir incontaminados de prejuicios y por lo tanto, según la precisa definición platónica “entran en nuestra alma y la forman en la virtud” con más eficacia que aquellos que nosotros elegimos por el mero placer egoista de encontrar algo que buscábamos antes.
Así pues, gracias a todos mis amigos que me han regalado libros.

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