Una de las ventajas de haber sido un niño raro es que nada de lo que cuentes puede ya sorprender. Pues bien: cuando yo era chico me encantaba jugar a las restauraciones de cuadros. Mi hermano y yo teníamos un trozo de tabla grande (de esa madera que, la gente con paciencia, convierte en las cosas más inverosímiles haciendo formas con la segueta). En ella habíamos pintado lo que quería ser un cuadro antiguo, y nos dedicábamos a maltratarlo para luego volver a repintarlo.
Ya de mayor, me aficioné (o sea, «me enseñé«) a restaurar fotografías antiguas con el Photoshop y con el Corel y, la verdad, me lo tomo como un entretenimiento bastante serio. Investigo los colores, evalúo los daños y procuro dejar la foto lo más cercana posible a lo que fue el original (nunca se puede del todo). La imagen que encabeza estas líneas es una comparativa entre la foto original, que mi padre ha llegado en la cartera durante muchos años y así está la pobre, y uno de los estadios intermedios, casi al final, en el que quedan por añadir los detalles «finos» que harán que, si hay suerte, el observador final no se dé cuenta de que he tenido que eliminar algunas cosas y sustituir otras porque no había forma de salvarlas de la foto original.
Con tonterías como esta, puedo pasarme las horas muertas y no me importa que afuera nieve o caigan chuzos de punta.
Mientras lo hago, escucho un CD de Max Raabe, por ejemplo, un cabaretista alemán muy simpático y con mucho sentido del humor del que, quizá, hable algún domingo de estos…

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