14 de Enero.- Querida Ainara: el viernes pasado llamé a tu abuela, como hago todos los días, para echarnos unas risas a cuenta de la nieve que había caido en Madrid. Cuando me cogió el teléfono, estaba llorando. Me contó que C. (una de esas personas de mi infancia con derecho a artículo determinado) había muerto el día anterior de una manera tan rápida como inesperada. Después de jugar un partido de fútbol había sufrido un infarto y los servicios de emergencia no habían podido hacer nada por salvar su vida.
Me temblaron las piernas. En un segundo me pasaron por delante de los ojos todos los momentos que C. y yo habíamos compartido. En el primer vídeo del bloque, que fue de sus padres, vimos juntos por primera vez El Imperio Contraataca y Chitty Chitty Bang Bang. Con C. jugué atónito mis primeras partidas a los ortopédicos juegos de aquel Amstrad que a ti, si lo vieras, te parecería seguramente cosa del cretácico superior. Cuando empezamos a salir de la infancia también se separaron nuestros caminos y no se volvieron a encontrar hasta que, habiendo C. repetido el primer curso del bachillerato, nos pusieron en la misma clase. Él se sentaba al final, y yo en las primeras filas, de manera que tampoco nos tratábamos mucho. Le recuerdo eso sí como una persona cariñosa, siempre sonriente, dotada del peculiar sentido del humor absurdo que es peculiar en en su familia. Cuando yo empecé la Universidad, C. se fue alejando del centro de mi vida, para pasar a ser una figura del fondo del paisaje, conocida, familiar, tranquilizadora, pero cada vez más transparente.
Mientras hablaba con tu abuela trataba de hacer memoria de la última vez que C. y yo habíamos hablado y me dolió mucho no poder recordar más que borrosamente en qué había consistido nuestra conversación. Seguramente fueron cuatro palabras, la última vez que fui a España. Le conté por encima que vivo en Austria y nos despedimos, cariñosamente quiero pensar, como los dos hombres que somos. Nosotros, los de entonces, ya no éramos los mismos.
Desde el viernes, la vida de C. tan parecida a la mía, con tantos puntos de intersección con mi propia existencia, no se me va de la cabeza.
C. ha muerto con treinta y cuatro años. Me preguntaba, sobrina, qué pasaría si (Dios no lo quiera, toquemos madera) yo me muriese cualquier día de estos. Qué sería yo para ti. Apenas una colección de imágenes en las que la moda se habría detenido. Un par de películas de vídeo doméstico. Mis dichos, repetidos por tu padre que es mi hermano.
Quedarían estas cartas, me dije, pero las cartas ni besan ni abrazan, y dudo que ningún texto sea tan bueno como para sustituir a una persona. Me temo que mi recuerdo adquiriría para ti esa cualidad doméstica, entrañable, pero al mismo tiempo mitológica, que tiene para mí el de tu bisabuelo. Un hombre del que apenas quedan tres fotos (dos de ellas de la mili), los rastros de un carácter en unas anécdotas repetidas mil veces, y unas gafas de pasta a las que les falta una de las patillas.
Ainara, cariño, nunca sabemos cuándo haremos las cosas por última vez, por eso no hay que dejar nunca, pero nunca nunca, de decirle a las personas lo mucho que las queremos, lo enormemente que nos hacen falta. Nunca hay que dejar de dar lo mejor de nosotros porque ante el descomunal abismo de la muerte todo lo demás pierde su importancia.
Hasta el próximo miércoles, si Dios quiere.
Besos de tu tío.

Deja una respuesta