Ays, que no puedo con mi vida


31 de Mayo.- Últimamente sólo leo cosas a propósito de decadencias y la verdad, me están entrando ganas de darme a esos schnaps peleones con los que los austriacos se machacan sin descanso el hígado.
Los españoles somos expertos (en decadencias, no en perniciosos digestivos). Nuestra época de esplendor político fue también una especie de “Imperio-Burbuja” que se pinchó tan pronto como había crecido, llevándonos a tres siglos en los que siempre parecía que no se podía estar peor, pero en los que siempre encontrábamos la manera de estarlo.
Primero, leí la biografía de Carlos II y ahora estoy leyendo Extramuros. Un gran libro, pero tampoco exactamente la alegría de la huerta. Vaya por Dios.
Trata de la historia de dos monjas de un convento perdido en la España de los últimos días del reinado de Felipe II. Las monjas, pobres, hambrientas, desfallecidas, mantienen una relación amorosa que es el único consuelo para sus desgraciada vida. Entonces, a una de ellas se le ocurre fingir un milagro (el clásico de las llagas en las manos y los pies) para atraer las limosnas y, con ellas, salvar al convento de la ruina.
Con el ánimo pues lleno de fantasmas me enfrento a las noticias que me llegan de España y, a pesar de que este blog no se ocupa de política internacional (la Española ya lo es para mí) no puedo dejar de comentar que, desde fuera, se observan varias tendencias que recuerdan muchísimo a las de la España del Siglo de Oro (que fue dorado en todo menos en la economía).
Empezaremos por lo peor:
Los apocalípticos: como un economista que, en una entrevista concedida al periódico La Vanguardia, predice todo tipo de desastres concatenados con la Crisis Económica. Renuncio a listar todas las desgracias que, según este señor, son ya impepinables, pero pongo por ejemplo un treinta por ciento de desempleo o restricciones en el consumo de carburantes.
Enfrente tenemos al Gobierno encabezado por su presidente, Sr. D. Jose Luis Rodríguez Zapatero cuya teoría se resume en estos melodiosos acordes: algún día, en todo caso próximo, nadie sabe cómo, la economía mejorará y volveremos todos a ser muy felices. La teoría del Presidente parte de una mayor que, a mi juicio, es absolutamente errónea y es la de pensar que la debacle económica española se debe fundamentalmente a la(s) crisis mundial(es) y que el resto son cosillas que se arreglan con unos ajustes salerosos por aquí y por allá. Según la teoría del Presidente, en cuanto el contexto internacional se recuperase, España volvería a gozar del maná de la inversión extranjera (Americanos, os recibimos con alegría) y sus administrados, confortados por ella, volverían llenar el carrito en el Carrefour como en los tiempos de vacas gordas.
Hay un tercer grupo de personas (en este caso, una gran parte de la oposición) que sostiene que la economía española podría recuperarse en el caso de hacer una serie de duros ajustes, principalmente en el mercado laboral. Una reforma que nadie quiere ni ha querido abordar porque tiene una prensa malísima y que sin embargo sería un “bien” en el sentido en el que algunos lo definen como “un mal necesario”. Este tercer grupo de personas también comete un ligero error de cálculo y es el de pensar que es posible volver “al mundo de antes”. Un mundo de huevos de oro, cuatros por cuatro, una mucama sudamericana en cada casa y Dios en la de todos.
Porque si hay algo en lo que se puede confiar es en que el mundo de pasado mañana se va a parecer poco al mundo de ayer. Y eso no lo van a poder arreglar las reformas del mercado laboral. Lo que ninguno de los tres grupos de personas ha entendido es que la Historia, la Vida, se parecen a montar en bicicleta: no se debe mirar atrás y, si te paras, te das de morros.

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