La cadena de televisión en la que trabajaba entonces conmemoraba sus primeros diez años de existencia. Para celebrarlo, la dirección alquiló una de las mejores discotecas de Madrid. Un gran espacio ovalado, luces de otra época (fachada y estructura interior básica, por cierto, protegidas por tratarse de uno de los pocos edificios art decó que quedan en la capital).
Llegué pronto, recuerdo, y empecé a encontrarme con compañeros de un trabajo que, aún en aquellos días, me parecía la antesala de la gloria. Era joven, todavía me creía inmortal, y estaba trabajando en la empresa que soñaba desde niño ¿Qué más podía pedir? Quizá seguir ascendiendo. Algún día, quizá, ponerme delante de una cámara (la tele no era aún el lodazal en el que se ha convertido hoy o, lo era, y yo no me daba cuenta).
Las redactoras de un programa de vídeos de caídas y tortazos tomaban cócteles formando un animado círculo cerca de la barra (aún surge alguna de vez en cuando, melancólico fantasma, en la versión internacional de TVE o en alguna cadena autonómica). Me acerqué a ellas, me saludaron cariñosas. Empezó a sonar Blame it on Boogie y empezamos a empalmar una canción con otra. Serían las nueve y media. Terminamos a las cuatro.
En aquellos días (hace ya diez años) yo no bebía alcohol. Una cocacola me basaba para alcanzar la euforia necesaria para estar bailando toda la noche. Una tras otra, las canciones se sucedían; sudoros, ignorante de la noche de diciembre que, afuera, acharolaba las aceras, yo bailaba celebrando la felicidad de estar vivo y de tener el viento a mi favor. A eso de las tres, me subí a uno de los cilindros que los gogós usan para peinar el denso aire surcado por los láseres. Debajo de mí, una multitud de cabezas dibujaba todo un mundo de perfiles imprecisos.
De pronto, sentí un tirón en el pantalón. Bajé los ojos. Una vocecita infantil que salía de un cuerpo alto y desgarbado, me dijo desde las profundidades de la pista:
-¡Que dónde las has comprado!
-¿El qué he comprado?
-Las pastis, que quién te las ha vendido.
Me eché a reir:
El que necesitaba de apoyos para seguir divirtiéndose se dirigió a la compañera que, con una bufanda en la cabeza, bailaba a mi lado y le preguntó:
No le hicimos más caso.
A las cuatro de la mañana decidí retirarme. Algunos cuerpos desmadejados, vencidos por una barra libre demasiado propicia, yacían ya sobre los afelpados canapés. Agunos malintencionados ya espiabn las sombras buscando besos furtivos, historias puntiagudas que contar al día siguiente.
Cuando las puertas se cerraron detrás de mí me saludó el aire helado de la calle. Aquella noche se habían concentrado todas las cenas de empresa de aquella navidad. Tuve que andar más de cinco kilómetros bajo la helada hasta que encontré un taxi que llevó a casa lo que quedaba de mí.

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