No hay nada tan evidente y, a la vez, tan misterioso como un niño. Para ellos eres un Dios, sin perder tu frágil humanidad. Te miran, señalan, balbucean como los peregrinos sus plegarias delante de la imagen y tú haces, supongo que como el Dios de las alturas, lo que buenamente puedes. Y, como el Dios allá arriba, te quedas siempre con la duda de haber ajustado solo a medias lo deseado a lo conveniente.
Las necesidades de los niños nos llegan siempre como a través de aquel juego del teléfono que jugábamos de chiquillos, como a través de un medio extrañamente distorsionador o a través de una distancia sideral en la que la casualidad, a veces, juega un papel imprevisto. Aunque supongo que Dios también juega con las casualidades.
Yo no tengo hijos, pero supongo que una de las dificultades que tiene que tener el ser padre debe de ser la de ir perdiendo poco a poco ese halo dorado que nos nimba cuando alguien piensa de nosotros que somos invencibles, omniscientes, que curamos los dolores con un beso o que nuestro es el poder para subvertir la normalidad del Universo.
Pero, al mismo tiempo, es tan hermoso ver crecer a otro ser humano. Como una planta. Presenciar cómo supera la ternura de los primeros meses, ver cómo sus reacciones ganan en belleza, en complejidad. Cómo empieza a distinguir cosas y personas; cómo pasa de las formas a los números, del balbuceo al habla.
En el milagro del crecimiento de un niño está el milagro de la existencia de todos los seres humanos que nos acompañan en el viaje. En el corazón de Ainara late el de todos los niños que han sido y serán; en cada gesto que hacemos devolvemos todo el amor que nos han dado.
La casa está de nuevo silenciosa, yo un poco melancólico. Estos pensamientos, mi consuelo.

Deja una respuesta