Mientras trabajaba hoy me he acordado de un estadounidense que se llama Fukuyama(pareado). Este señor se hizo famoso en mis tiempos universitarios (siglo veinte, última década) por vaticinar con aire aplomado el fin de la Historia. La frase hizo fortuna y todo el mundo en aquella época empezó a decir esto del fin de la Historia con muchísima seguridad. Era una vulgaridad que hasta quedaba culta, más culta si conseguías acordarte del nombre de Fuku. Es cierto que el comunismo había pasado a mejor vida y que los países que no habíamos vivido bajo su dominación nos considerábamos miembros de un grupo de listos que, pudiendo haberse ido con el malote de la clase, habíamos apostado por el caballo ganador. Por otra parte, la reforestación económica de aquellos mundos, que descubrían la hamburguesa al mismo tiempo que una versión muy sui generis de la democracia, abrió un horizonte de prosperidad que se ha terminado, como aquel que dice, hace dos días. El capitalismo se sentía fuerte, adulto e invencible. En fin: para qué seguir. El pomposo anuncio de Fukuyama se interpretó como una gozosa llegada a puerto. Cautivo y desarmado el ejército rojo, etcétera, etcétera. La mayoría de la gente creyó que todo permanecería así forever and ever y volvió a renacer esa utopía decimonónica del progreso infinito y los recursos inagotables.
La hostia que nos hemos dado, hija mía, estaba cantada, como se te alcanzará.
A pesar de lo que nuestro buen Fuku dijo, sin embargo, la historia siguió, porque siguió el tiempo. De todas maneras, mientras trabajaba hoy, me preguntaba yo si, al fin y al cabo, el chicaguense de marras no había tenido razón después de todo. Porque, lo que resulta indiscutible es que la Historia empieza a terminarse cuando cualquier cosa se convierte en un “hecho histórico”. La muerte de un cantante, la de una aristócrata putorcio, o la horterada cuatrienal de las ceremonias de inauguración de los juegos olímpicos ¿En qué lugar queda la historia entonces? ¿Cuánto tiempo hubiera durado Napoleón como jefe de gobierno si los paparazzis le hubieran descubierto los amoríos extramatrimoniales? (no quiero decir con esto que Berlusconi esté, ni mucho menos, a la altura del corso) ¿Por qué noticia hubiera sido barrida la derrota de Waterloo en la era en que Al Jazeera y la CNN, y con ellas sus consumidores, necesitan noticias nuevas cada cuarto de hora?
A lo que voy: si todo es igual, si nada marca la diferencia, si no hay jeraquía, el presente se convierte en un disco brillante que gira idéntico a si mismo y la historia en una noción escurridiza y blandorra. Para mí, por ejemplo, el siglo pasado ya no es historia: todo lo más la sucesión de cambios en las páginas de inicio de una serie de webs.
Aunque quizá, lo que suceda es que está quedando en evidencia que, lo que llamamos historia no es más que una noción artificial. Puntos unidos con líneas para formar una constelación de hechos que trate de explicar este presente que admite mil interpretaciones verosímiles.
Tú, ¿Qué crees?
Besos de tu tío.

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