Il ballo del Mattone


12 de Julio.- Ayer, entre pitos y flautas, la verdad es que no tuve tiempo de escribir. Los pitos y las flautas se redujeron, básicamente, a tres kilos de tomate (mitad cherry mitad de los normales) que el que esto escribe despellejó y desventró metódicamente al objeto de convertirlos en mermelada. Los botes están ahora en la cocina, enfriándose. Cuando la pruebe, ya veremos cómo ha salido.
También estuve haciendo otras cosas: por ejemplo, ir al gimnasio. Me gusta ir porque, lo mismo que escribir este blog, es un rato que tengo para mí; en el que puedo poner la mente a volar en cosas que sólo a mi menda le interesan. Corriendo en la cinta, como un hamster, me dedico a poner en orden mi vida, a hablar conmigo mismo de esto y de lo otro, de estos y de aquellos, de estas y de aquellas. Vaya, que recorro toda la escalera de los pronombres. También hay veces en que, a falta de cosas en mi vida que componer o que analizar, me dedico a mirar al paisanaje.
Es un poco raro de explicar, pero esto puedo hacerlo porque, cada vez que voy al gimnasio, siento que me vuelvo invisible y puedo observar impunemente. Es más: creo que todos los que vamos al gimnasio (menos dos hermanos argentinos y gemelos que cruzan ahora la frontera de la adolescencia) tenemos la misma sensación. No es de extrañar: vamos allí, levantamos las pesas, nos miramos en los espejos y sólo nos dirigimos la palabra temerosamente, como los participantes de un culto secreto, si alguien se ha dejado la toalla en alguna máquina o si algún parroquiano tarda demasiado tiempo en cumplir su rutina de levantar doce o catorce veces el número de decenas de kilos que estime necesario para moldear sus bíceps.
Ocurre también que, a fuerza de ir casi todos los días, todos los abonados a esta religión oculta terminamos por conocernos más o menos de vista. Y, si uno se emplea un poco a fondo, hasta pueden sacarse consecuencias de no poca sustancia a propósito del carácter de los compañeros.
Ya hablé otra vez del pulcro japonés jubilado que va todas las mañanas vestido con sus mocasines y sus pantalones cortos. Pero también hay otra mujer a la que, por razones obvias, sin su permiso, yo llamo Rita Pavone, que excita mi curiosidad. Rita es una señora de setenta años (tirando por lo bajo) que va vestida como una chica de veinte (ropa deportiva de marca de colores ácidos, zapatillas último modelo). Rita no es que utilice el gimnasio para mantener en forma su escaso metro y medio de estatura, es que, si uno la observa, llega a la conclusión de que vive en el gimnasio. A la hora que vayas, ella está allí, sufriendo (porque sufre, no hay más que verle la cara) en la clase de step, en el entrenamiento quema grasas (ella, que está como un alambre), en el spinning –ese sufrimiento debe de ser particularmente insoportable, porque la monitora es una tía nazi que te habla a gritos con una voz que parece que estuvieras preso en Buchenwald-; suda, salta, corre y pedalea como si de ello dependiera su supervivencia. Las comisuras de la boca curvadas hacia abajo en un mohín de muda obstinación, los ojos algo globosos y decaídos clavados en los gestos de la monitora –la guardiana de Buchenwald- ¿Qué la lleva a hacerlo? ¿Por qué esa desesperación? ¿Cómo es su vida de señora anciana que no encaja para nada en el prototipo de señoras ancianas? ¿Tiene hijos? ¿Es soltera, o casada? Por mucho que uno lo intenta, le es imposible imaginársela bailando las cosas que los viejos bailan aquí en las tardes de domingo; en esos bailes a la orilla del Danubio en donde suena Udo Jurdgens a todo trapo.
También hay un chaval minusválido que va en silla de ruedas. Es turco, me parece. Los primeros días iba acompañado de otro chico de su misma edad (debe de tener dieciocho años) pero hace mucho tiempo que lo veo solo. Va de máquina en máquina desplazándose trabajosamente de la silla de ruedas al asiento graduado (esos asientos de máquina de gimnasio, primos hermanos de los sillines de bicicleta). Como en el caso de Rita, yo creo que el deporte, para él, tiene una función reivindicativa. Reivindicativa sobre todo de sí mismo. Ante sí mismo.
¿No son así, en mayor o menor medida, todas las cosas que hacemos?

2 comentarios en «Il ballo del Mattone»

  • el julio 12, 2009 a las 9:30 pm
    Enlace permanente

    Jajaja, osti, !cómo me he reído con lo de la monitora nazi de spinning! Yo al gimnasio sólo voy a la piscina: me aburre soberanamente estar ahí haciendo pesas o bicicleta (para eso ya tengo mi bici, con la que me muevo por la calle). Cuando veo a los de spinning, por eso, pienso: !qué gran sacrificio que hacen! Quizás sí que sean pequeños triunfos de nosotros mismos, pequeñas metas que nos ponemos.

    Respuesta
  • el julio 14, 2009 a las 8:08 pm
    Enlace permanente

    Hola!
    Gracias por tu comentario.
    Es que esta monitora es especialmente desagradable. Luego, hay monitores más majos (para mí, más majos es que gritan menos). Yo corro en la cinta. Me relaja. Además hay teles en las que puedes ver lo que pongan por Eurosport. Ahora hay suerte porque hay campeonatos de atletismo, y eso siempre gusta verlo. Pero yo me he tragado unos cuantos campeonatos de billar que ya ya…Saludetes.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.