Qué fantástica esta siesta


23 de Julio.- El agua de la piscina cabrillea al potente sol de julio. De vez en cuando, una paloma cruza el cielo. Fuera de eso, sólo se escucha el apagado ruido de una fuentecilla distante.
Con los ojos entrecerrados, juego a imaginar, como cuando era chaval. A mi lado, reposa en decúbito supino el libro que me he traido a este retiro (Una Historia de la Guerra Civil que no va a Gustar a Nadie, de Juan Eslava Galán).
De pronto, me asalta el pensamiento de que las criaturas que no habían nacido cuando llegué, ya hablan (y con una naturalidad y un acento que yo no alcanzaré por más que viva) y los que no sabían leer, deletrean ya con desparpajo los menús de los heuriger y hacen sudokus a mi lado.
Si hay algo que indica nuestra extrema fugacidad son los críos. Hasta el punto que cuesta creer que uno haya sido así. Con los ojos entrecerrados, con las sombras de esas impurezas que se forman en el humor líquido del ojo viajando a un lado y a otro de mi campo visual, busco en el Paco de hoy algo de la vitalidad invencible del crío que fui. Y nada. La fragilidad de los ninos sólo es parcial. Se aferran a la vida de manera inagotable, como aprendí cuando trabajé con ninos que estaban gravemente enfermos. Aunque quizá el secreto consiste en que los críos, mucho más que los adultos, no tienen problemas para integrarlo todo (hasta lo más terrible) en su normalidad.
En la piscina, flota una pelota roja y amarilla del Baumax…

(los teclados austriacos no tienen n, con lo cual no se pueden escribir palabrotas, como cono, pero tampoco Espana, ni, por supuesto, ninos; aunque a buenos entendedores…:-)

Articulo publicado en Uncategorized con las etiquetas: . Guarda el enlace permanente.

Un comentario a Qué fantástica esta siesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.