Children of the light

Armin Assinger y su mujer Bettina (foto:www.andreastischler.com)

26 de Julio.- Se terminan las vacaciones hasta septiembre. Llegadas esas fechas, quince días en la playa. Mientras tanto, volvemos a la rutina.
Coincide el final de esta primera entrega de descanso con el final de la ola de calor. Amanece un domingo como de septiembre, las calles aún un poco húmedas por los chaparrones de ayer por la tarde. Camino del gimnasio, me cruzo con una pareja de africanos endomingados que van camino de la iglesia. Él es pequeño, compacto, y tiene la piel color chocolate. Lleva puesto un terno gris de confección, camisa blanca replanchada con el cuello algo holgado, una corbata roja con un estampado clásico y discreto. Va empujando un carrito con una niña que no tiene todavía un año. Unos pasos por detrás, su mujer. Rumbosas caderas de diosa neolítica, turbante y vestido hasta los pies cuyo estampado trae hasta Viena el colorido y la pasión por la geometría del África ecuatorial. Empuja también un carrito en el que reposan dos mellizos recién nacidos.
En mi parada de metro, las cosas siguen como las dejé. Si acaso, el indigente que pasa sus días a la vera de la máquina expendedora de billetes está un poco más aseado. También él se ha vestido de domingo. La ropa algo menos astrosa, unas zapatillas de deporte límpias. Las espinillas llenas de heridas. Tendrá unos cuarenta y cinco (es difícil acertar con la edad exacta de la gente que vive en la calle), barba rebelde. Seguramente es uno de esos enfermos mentales que se pasa el día errando por las calles entre abril y octubre. El hombre es fundamentalmente inofensivo y conserva un reflejo de buena educación. Como si dijéramos, un impulso primario servicial.
De vez en cuando, le he visto ayudar a los turistas del hotel cercano a sacar billetes. Mientras paso a su lado, él permanece en su puesto (de pie, la mirada perdida en las profundidades del color gris del suelo, las manos cruzadas delante del cuerpo con un gesto vagamente clerical). Uno no puede dejar de hacerse preguntas ¿Quién es este hombre? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Qué cadena de males, causados por él mismo o por el destino, le ha conducido hasta las proximidades del expendedor automático de billetes?
(…)
El gimnasio está casi desierto. Sólo entrena una chica al borde de la consunción que corre hacia el infinito con la mirada puesta en una meta desconocida. Ella y un tipo al que yo llamo “El lanzador de pesos”. Una especie de titán barbudo con un tatuaje tribal en el hombro izquierdo. Al entrar yo, resopla bajo un peso de más de cien kilos, la camiseta empapada de sudor.
Antes de ponerme a correr, cojo una revista (“News”, la versión amarillenta de la más seria “Profil”). En la portada, orgullosa, posa la mujer de Armin Assinger, Bettina. Parece ser que Frau Assinger vuelve a poder ponerse gorras y sombreros después de haber sido coronada por su santo esposo el año pasado (los cuernos que Assinger le puso a su Bettina fueron destapados por el Österreich, a traición, un domingo en el que en Oriente Medio nadie había matado a nadie y en el que la política local era una balsa de aceite). Bettina asegura haber hecho lo correcto no actuando como Lorena Bobbit cuando conoció la noticia de la canita al aire de su esposo y, con el orgullo del perro que orina marcando su territorio –valga la metáfora- asegura comprender “a las mujeres –lagartas, vaya– que piensan que su marido es un gran hombre”.
Nuestro amigo Petzner también aparece en el News comentando su intención de presentarse a la alcaldía de Viena. Debido a sus deslices, nos enteramos de más cosas: primero, que no se presenta sino que “le presentan”. Su partido no sabe qué hacer con él y, seguramente, alguien tiene la esperanza de hundirle para siempre con el papelón que supondría un fracaso estrepitoso en las elecciones municipales. Y segundo, que su gusto para la ropa es, digamos, valiente. Posa para el reportaje fotográfico que acompaña la entrevista con unos pantalones blancos de pitillo, camiseta blanca y unos botines negros tipo “chúpame la punta” (va sin segundas). Herr Petzner defiende su desmelenado duelo tras la muerte de Haider (Claudia, la viuda, estaba mucho más entera) haciendo una sentida loa a la autenticidad y a los sentimientos. Dice saber que el electorado desea la aparición “de otro tipo de políticos” y rememora sus tiempos de servicio social (sustituto del militar) en una residencia de ancianos. Recuerda como una anciana, al aparecer él, siempre decía:
Aquí está Stephan, ya ha llegado la luz.
Amén.
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