Mademoiselle C.

Coco Chanel a finales de los sesenta

31 de Agosto.- Una de las pocas virtudes de la edad es que, con los años, uno desarrolla una especie de sexto sentido para reconocer a las personas con las que se entendería bien llegado el caso.
Todos los domingos, por ejemplo, me cruzo en el gimnasio con un caballero al que, probablemente, me gustará parecerme cuando llegue el momento. No recuerdo cómo le conocí, pero nos saludamos siempre y sostenemos breves diálogos en los que, como hacen las personas bien educadas, decimos más con lo que ocultamos que con las cuatro palabras que cruzamos.
Poco sé de él, por cierto. Que hace gimnasia siempre con una camiseta blanca impoluta y un pantalón muy relavado que, en su día, sirvió de bañador. Que, a pesar de esta modestia indumentaria, desempeñó un cargo diplomático de cierta importancia para una monarquía que lleva en el apellido el nombre de una marca de telefonía móvil e, incluso, se dice que el caballero, cuya distinción salta a la vista, toma el té con cierta regularidad con la cabeza de esa monarquía a la que, estoy convencido, beneficia con sus sensatos consejos.
Nuestras conversaciones han sido bastante triviales hasta que ayer me preguntó a dónde iba a irme de vacaciones (por cierto, la semana que viene). Al decírselo, meneó la cabeza a un lado y a otro y, con ánimo jocoserio, me informó de que dos semanas en aquel lugar me iban a resultar un exceso.
Una intuición me llevó a contestarle como lo hubiera hecho con un viejo amigo:
-Me llevo buenos libros entonces, ¿No?
Afirmó con la cabeza y estuve seguro entonces de que, en su día, él había soportado aquel exilio vacacional con un par de jugosos volúmenes.
Algo parecido me sucedió una vez, hace mucho tiempo, con una persona de la que estuve lejana e imposiblemente enamorado. Una de nuestras pocas conversaciones tuvo como tema un libro. Dado el interés que compartíamos por los trapos que se pone la gente, hice por tender puentes hablando de lo que acababa de leer y que me había apasionado: El Aire de Chanel, de Paul Morand. El objeto de mis fantasías de adolescente me miró con cierta suficiencia y, con la sonrisa de quienes saben perfectamente que tienen la sartén por el mango, me contestó:
-Lo leí hace muchos años.
Volví a recordar aquella sonrisa y aquella conversación porque ayer estuve viendo el flín que los franceses han hecho para recordar el nacimiento de uno de los mitos que han marcado nuestra historia reciente: Gabrielle Chanel, más conocida en el siglo como Coco ídem. La película es entretenida –sobre todo si, como yo, se ha leido antes el libro de Paul Morand u otro equivalente- y está hecha con solvencia, pero pare usted de contar.
Es la versión cinematográfica de aquellas lujosas (pero inanes) ediciones de Círculo de Lectores –geltex en tapa dura, ilustración de sobrecubierta con maromo musculoso abrazando a heroína vestida de época con fondo de barco pirata-; todo muy bonito pero bastante superficial y demasiado enfocado a un público objetivo de amas de casa preclimatéricas.
Entre un elenco de actores más bien planos, eso sí, destaca por derecho propio Audrey Tatou; una chica muy inteligente (casi tanto como la propia Coco) que ha cogido el personaje por los cuernos y que mira a cámara como yo hacía mucho que no veía mirar a nadie. También se beneficia la película de que Tatou es una mujer que sabe cómo se lleva un vestido Por lo demás, en el flín se habla del periodo menos espinoso de la vida de Mademoiselle: oscuros comienzos, escalada de posiciones sociales previo paso por diferentes camas, etcétera. No se menciona que Chanel tuvo que vivir unos años exiliada en Suiza debido a que le dio bastante igual que los alemanes ocuparan París (momento este del exilio que Paul Morand aprovechó para tomar las notas que, años más tarde, servirían de base a su libro) y se esboza solamente que Coco fue una persona de gran éxito profesional pero profundamente infeliz en su vida personal.
A pesar de eso, el libro de Paul Morand sólo tiene un defecto: es demasiado corto. Qué lástima que no me lo voy a poder llevar de vacaciones: lo tengo en España.

4 comentarios en «Mademoiselle C.»

  • el septiembre 1, 2009 a las 9:40 am
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    Aprvecho este post para reengancharme a “Viena directo”, disculpa que no lea los ¡26! post que has publicado en mi “ausencia”, eres “el fenix de los ingenios bitacoprianos”, bueno haré un rápido repaso por si hubiera uno que llamase poderosamente mi atención.
    He visto la peli y comparto contigo mi impresión, “plástica” de formato, plana y poco arriesgada, gran trabajo de “amelie”, perdón, Tatou. Pero el libro, que sospecho mucho mejor que la peli, no lo he leido. de la peli lño que mas me gustó fue las anecdotas de como fue construyendo su revolución en los atuendos, las referencias a la ropa de los pescadores, a los polos ingleses, etc. Siempre he creido que sin Chanel y algún otro, la sociedad como la conocemos hubiera sido imposible.

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  • el septiembre 1, 2009 a las 4:57 pm
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    Hola!
    Muchas gracias por volver jajaja. En cuanto a la producción…Esto es como la Micebrina: una al día. Aunque, si te digo la verdad, me estoy planteando si dejaré algo preparado para las vacaciones (2 semanas). La peli, cuando salga en video no me la compraré, con eso te lo digo todo.
    El libro de Paul Morand compratelo que está muy bien y es baratillo.
    Abrazos,
    P.

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  • el septiembre 4, 2009 a las 10:03 pm
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    ¿soy el unico que le estoy dando vueltas a una monarquía con apellido de compañía de móvil?

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