Es la guerra
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4 respuestas a «Es la guerra»
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¡Qué tema mas espinoso!
Estoy de acuerdo contigo en casi todo, pero cualquiera que haya leido «Confesiones de un payaso» de heindrich Böl sabrá por lo que pasaron los alemanes despues de la guerra, que catarsis tuvieron que superar para llegar al punto que expones, en España esto no se ha hecho nunca, y tal vez sea el momento de hacerlo, ¡Por dios, que han pasado 70 años!, pero el autentico problema es que los vencedores morales, tras el parentesis de 40 años, no obligarón a los vencedores reales a realizar esta catarsis en la transición, con lo cual al final «el milagro de la transición» tiene remoras como esta. sería muy «alucinante» hacer un arbol genealogico del dienero y los politicos españoles, habría muchisimas sorpresas, y lo que se dice arrepentidos por un alzamiento contra el poder legitimamente establecido…ni por asomo en ningún sitio… -
De todos modos colega Joako, es un gran error equiparar ambas guerras. No tienen absolutamente NADA que ver una con la otra. Una fue guerra «fratricida» y la otra una «de agresión», donde por otra parte se dieron hechos nunca antes conocidos por el hombre, como el intento de aniquilación de todo un pueblo -por no hablar de los «untermensch»- por motivos raciales. Probablemente nuestra guerra se pueda equiparar a lo que ocurrió en Grecia o en países como Vietnam donde se dieron conflictos civiles, pero jamás tendrá que ver nada con el desarrollo y carácter de la IIGM. Saludos
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«En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Generalísimo: Franco. Burgos, 1º de abril de 1939».
Nos guste o no, ése fue el final de la Guerra Civil. Intentar «ganar» una contienda 70 años después y en «los despachos» se me antoja, cuando menos, ridículo. Los españoles no pueden asumir su historia— mucho menos comprenderla— por una sencilla razón: la falta de cultura. El español es un individuo que necesita comer demagogia a diario para después poder cagar sectarismo y enfrentamientos. Sólo así se entiende que un pobre palurdo que explica casi a diario que «le mataron al abuelo» ( una historieta más alambicada que el perfil de su esposa) sea presidente de Gobierno. La histórica ignorancia de los españoles— se empecinan en demostrarla siempre que pueden— queda en evidencia cuando la claque no hace más que repetir, como si fueran loros amaestrados, las frases de rigor: «legítimamente establecido» (el Gobierno de la II República), «presidente de la Generalitat democráticamente elegido» ( cuando se menciona a Companys), etc. Sin embargo, estimados amigos, la verdad es otra: Companys nunca se sometió al refrendo de unas elecciones y el Gobierno de la II República perdió su legitimidad con los hechos que consintió. Llegado este punto, Herr Bernal, conviene señalar que el término «legitimidad» se divide en dos al menos: legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio. Si no aceptamos ésa diferencia, no podremos criticar jamás al nazismo, ya que Adolf Hitler llegó al poder a través de las urnas. Por lo tanto, un Gobierno que emplea «malas artes» durante el ejercicio del poder puede considerarse ilegítimo: la II República española es un caso palmario. Para que un país entienda su pasado, acepte su historia y mire al futuro, sólo es necesaria una virtud: cultura. Por desgracia, sobre todo para ellos mismos, los españoles conviven con una inculta contumaz; además parece que les agrada intentar hacer con esos mimbres no cestos, sino botijos. Extraña mezcla: ¡mimbres y botijos!
La baja estofa de la clase política española («menistros» que carecen hasta del bachiller, por ejemplo, y un presidente de Gobierno que aprende Economía en dos tardes) no es más que la demostración de lo anterior, porque una sociedad no escoge a los gobernantes que se merece, sino a los que más se le parecen. Si a ello añadimos una dinastía monárquica deleznable, unos medios de comunicación serviles y «apesebrados» y una sociedad inculta, adocenada y carente del mínimo coraje social, el resultado sólo puede ser uno: ¡Qué viva España! Los españoles, en cuestiones vinculadas a la democracia, hacen gala de una ignorancia que sonroja; otra cuestión serían las tapas y el «cómo en España no se vive en ningún sitio». Posiblemente ésa convicción se deba a lo poco que los españoles viajan; pero no como turistas, sino como viajeros, porque mientras el turista mira, el viajero observa. La democracia es algo más que introducir una papeleta en una urna— ése es un instrumento de la democracia, no la democracia en sí—: es exigir, respetar, creer, luchar y defender. De lo contrario, se producen esos potajes tan propios de los españoles: una democracia sin demócratas. «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra»; «Santiago y cierra España»; «¡A mí, Sabino, que los arrollo!»; «¡Rusia es culpable!»; «“soy republicano pero también soy “juancarlista”»; y…«¡antes muerta que sencilla!».
Hoy me permito corregirte, estimado colega: podrías haberte ahorrado el “tarde” y el “mal”, porque el español, ¡el de pura cepa!, nunca aprende. No lo olvides: mimbres y botijos.Fdo: El pobre… Burgos, 1º de abril de 1939.
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¡Cáspita!


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