Pavana para un cuñado difunto

El Junco (dcha.): lo que Jörg Haider y Lola Flores tuvieron en común

12 de Octubre.- Hoy, mis lectores que vivan en España (o sea, la mayoría) estarán de vacaciones, disfrutando del último día de este fin de semana largo que consuela de la crisis y ayuda a remediar un poco la nostalgia del verano.
El el chiki chiki cauntri no hay fiesta que valga (la Nacional es dentro de un par de semanas) así que aquí estamos, atendiendo cada uno a nuestro juego, como Antón Pirulero.
Ayer, aposta, no hablé de la única noticia que a los medios austriacos parecía importarles: el primer aniversario de la muerte de Haider.
Como ya se preveía, sus correligionarios se concentraron en seguir chupando rueda del tirón popular del muerto, y escenificaron toda una serie de sentidos cuadros para convencer a quien se dejara de que, a despecho de lo que piense el resto del país, en Carintia, Haider era ayer el hermano perdido de cada hermana, el hijo ausente de cada madre y el malogrado cuñado de cada cuñada.
Tras inaugurar un monumento conmemorativo en el lugar en donde el destino le salió al encuentro (un Marterl, que se llama, con una imagen de San Cristóbal,nada más propio) la cabeza visible del BZÖ y nuestro amigo Petzner (más conocido como El Jarrón Chino, porque nadie sabe bien qué hacer con él) se personaron en el plató que la tele pública austriaca tiene en pleno centro de Viena para defender en un debate a cara de perro la memoria del difunto. Lo tuvieron chungo cubata, la verdad.
En el trozo que yo vi, una periodista de la revista alemana Spiegel les cantó las cuarenta en bastos y, con ese desparpajo que se gastan los piefkes cuando hablan de los nazismos ajenos la señora, pelo y sinhueso llameantes, dijo que ella había ido a aquel plató a hablar del lado oscuro de Haider. Y así, presentándolo como un Darth Vader ganado por el reverso tenebroso de La Fuerza se recochineó de la ideología del muerto diciendo de él que pertenecía “a la derecha populista” pero añadiéndole la venenosa coletilla “como ustedes la llaman aquí”.
Aquí la cabeza visible del BZÖ puso la misma cara de un patriarca bizantino enfrentado a una blasfemia nefanda y el lebensmensch enganchó los ojos semillorosos al techo del plató, como invocando la clemencia del semidiós en apoteósis en que sus seguidores han convertido a Haider durante estas trescientas sesenta y cinco jornadas transcurridas desde su fallecimiento. Gracias a su intercesión, la impía periodista alemana no pereció frita por un rayo y yo, harto de hipocresías prostibulares, decidí irme a la cama.
Lo cierto, sin embargo, es que la figura pública de Haider se ha demostrado inmune a la corrosión de toda la mierda (llamemos a las cosas por su nombre) que ha aflorado desde que murió. A sus seguidores les ha chupado un pie que se supiera que su ídolo había muerto borracho perdido, que su matrimonio fuera una farsa para tapar su homosexualidad y, estoy seguro de que, si se descubriera que Haider había robado el dinero del cepillo para la conversión de los niños filipinos, el cáliz y las vinajeras de la iglesia de su pueblo, se le seguiría recordándo como ese sonriente remedo del Sr. Spock vestido de trachten. Tal es la misteriosa materia de la que está hecha la memoria de los muertos.
El último y, en mi opinión, más bajo atentado contra la memoria del difunto ha sido la dizque exclusiva que publica el semanario alemán Bild en su último número. En el artículo, un tipo con pinta de ave nocturna deslumbrada por los faros de un coche dice haber mantenido una relación amorosa con Haider durante ocho años. Si es mentira, la verdad es que es una bajeza (sea cual sea la opinión que a uno le mereciese el muerto en vida que, en mi caso, creo que ha quedado clara). O sea: coleguita ¿Por qué has tardado un año en hablar? (al fin y al cabo, es el mismo sistema que el de El Junco: aquel gigoló aflamencado que intentó chantajear a la familia Flores con lo que Lola hacía con su bata de cola). Si es verdad, lo que está claro es que Haider tenía una gran habilidad para relacionarse con la gente menos adecuada.
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