Piel de lagarta

Las lagartas no siempre tienen esta apariencia (por desgracia)

14 de Octubre.- Querida sobrina: disipadas ya las angustias del martes trece, encaramos con más alegría este miércoles catorce libre de malos augurios.
El otro día pensaba yo en los subterfugios y los rodeos a los que tengo que acudir debido a que estas cartas que te escribo son públicas. Sería mucho más fácil si pudiera llamar a las cosas (y sobre todo a las personas) por su nombre; pero también te diré que uno, a veces, es creyente en las ventajas de la censura (autocensura en este caso) porque estimula la imaginación. Hoy, usando con tu permiso algunas ambigüedades, voy a ponerte un ejemplo. Vamos a ver cómo me sale.
Una de las desventajas de esta edad que uno tiene, Ainara, es que uno empieza a ser preso de sus propias (malas) experiencias anteriores.
Es lo que tu abuelo, con una expresión muy gráfica, define como “conocer a los cojos en la manera de andar”. Como tu tío es consciente del proceso, suele contenerse e intenta no dejarse llevar por la primera impresión que le producen las personas.

Una de estas noches conocí a una de estas personas que uno ha aprendido a calar a base de malos ratos. Una coja, vaya. A la que se le notaba mucho la cojera.
Mírala: aquí te la presento: metro setenta más o menos, rubia, pendientes de perlita, dentadura perfecta, sonrisa inasequible al desaliento y un acento inglés particularmente enervante. Forzadamente americano. De esos que garantizan un expediente académico obtenido durante varias estancias en los Estados Unidos, cuenta de Facebook repleta de, como cantaban los Eagles, “these beautiful people she calls friends”, deportes de invierno, deportes de verano. Bueno, ya sabes.
Nada más verla (bueno, y tras recibir sus saludos y escucharla hablar con un amigo suyo) supe perfectamente al tipo de pécor…Digo, de persona al que me estaba enfrentando. Pero como tu tío, Ainara, no quiere dejarse limitar por lo que ya ha vivido, se contuvo, sonrió y se dijo “Paco, dale tiempo a la chica para que te demuestre que no es lo que tú te crees”.
Con cierto cansancio comprobé que la muchacha tenía todas las bazas para engañar a una persona menos avezada. Unos modales perfectos, dos palabras de español (una frase convenientemente picantona), una mezcla genética resultona –padre y madre de distintos países nórdicos- que le garantizaba una salud dental perfecta y un aspecto más que agradable, en fin.
Sin embargo, era cuestión de tiempo que la muchacha tropezara (era una pécora algo falta de experiencia, de esas que aún piensan que todo el mundo es tonto menos ellas). Y tropezó. Vaya si tropezó. Y más pronto de lo que yo había previsto Al cuarto de hora de conversación, la muy suripanta derivó hábilmente hacia las carreras profesionales de los que estábamos sentados a la mesa. Sin perder la sonrisa (algo fría ya, un poco como de hiena), paseó sus ojos azules por nuestra cara, calibró nuestros ingresos por la ropa que llevábamos y nos fue preguntando, sistemáticamente (¡Por turno! Como una máquina. Qué torpeza) por nuestras profesiones. Cuando descubría que no ocupábamos puestos que la hubieran ayudado a progresar, su desencanto se reflejaba en su cara durante unas décimas de segundo (como una niña que recibe un regalo de cumpleaños que no le gusta pero que, aconsejada por su madre, finge que le encanta).
Tras la ronda de preguntas, localizó a un instrumento que le pareció adecuado para su ambición y, como hace siempre este tipo de personas, abrió el catálogo de lo que podía ofrecerle al otro, y se dedicó a lanzarle señales para buscar territorios comunes “¿Has estado en el club X de Londres? Pagamos Y pounds pero, al cabo de un rato, salimos…”, “Pues cuando yo estuve en Nueva York…”. Por ese palo.
Verla trabajar era una delicia. El receptor de las señales fue cayendo poco a poco en una tela de araña que, de puro evidente, hubiera podido atrapar un airbús(él, por supuesto, no se dio cuenta, embargado como estaba en esa sensación tan estupefaciente del “She is one of us”). Sin embargo, al cabo de una hora de “Ohmaigosh” y de caidas de ojos, yo desconecté.
Uno pensaba, Ainara, que este género de personajas había pasado a la historia o que era pasto de guionista de culebrones, pero no. Protégete de ellas. Y, si acaso necesitas usar alguna de sus artimañas, ten presente, Ainara, que siempre habrá alguien más inteligente que tú: prepara un juego que no sea fácilmente detectable. Aunque tus interlocutores no sean de tu interés, fíngelo. Todos somos humanos.
En fin, Ainara. Muchos besos y cuidate mucho.
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