Sara y el fantismo


16 de Noviembre.- Ayer por la mañana, mientras David Bisbal y yo pasábamos la aspiradora por mi vivienda, pensaba yo en Sara Montiel (Campo de Criptana, 1924). La he visto últimamente en el video que ha grabado con Alaska y que encabeza estas líneas. Lo cierto es que, en contra de lo que pudiera pensarse a bote pronto, Alaska y Maria Antonia Abad se parecen mucho: las dos son mitos eróticos –recuerdo a mi amigo O. Absolutamente extasiado en una actuación de Alaska, entonces pelirroja-; a las dos, Dios les dio una voz en principio no muy apta para el canto (Raquel Meller describió la de Sara como “voz de sereno” tras el estreno de “El último cuplé”) y las dos, a pesar de eso, se han ganado la vida como cantantes; ambas, al cabo, son supervivientes.

 

Confieso que siempre he sido inmune al supuesto encanto de Sara Montiel. Y eso que, salvo la etapa mexicana, me he visto todas sus películas. Cuando compramos nuestro primer vídeo (año 1989) alquilábamos una película todos los viernes. Cada semana elegíamos una peli (los electores éramos mi madre, mi hermano y yo).  Así que cada tres findes tocaba cine de los sesenta-setenta. Así vi las pelis de Sissi y, así también, visioné todo el cine español del desarrollismo hasta llegar a la decadencia de los primeros ochenta (¡Ay, esa peli sobre Juana la Loca protagonizada por Lola Flores!). 
Sara Montiel representa un papel indiscutible en ese cine. En su carrera ha habido de todo: desde melodramas historicistas del primer cine de castañuela y brazo en alto (Locura de Amor, su debut) hasta una peli con guión firmado por Antonio Gala (!). Se llamaba “Esa mujer” y, según el propio Gala confiesa en el libro de memorias que publicó en su día (Antonio Gala, un hombre aparte) el título era un eco voluntario de un documental sobre Franco que se estrenó en los sesenta (Franco: ese hombre).
Sara también pasó por Hollywood y filmó un par de películas que demostraron que, para serlo, las estrellas tienen que hacer algo más que estar calladas y congelar la pose (arte que la Abad dominaba a la perfección). Tras el paréntesis americano volvió a la península para protagonizar una larga serie de filmes en los que lo de menos era lo que pasaba y lo de más los largos primeros planos de Sara mirando a cámara (sin que se le vieran las manos, que Sara siempre oculta) y los modelos que la diva lucía, diseñados para que las lentejuelas subrayasen sus curvas y lo heróico de su pectoralidad.
Como las grandes estrellas, Sara hizo de niña superada la treintena (en “La violetera”, si no recuerdo mal) y, con su voz grave interpretó una serie de canciones que forman parte de la historia de la subcultura de habla hispana.
Sin embargo, un axioma fundamental es que lo kitsch tiene que tener algo de autoparódico para poder sobrevivir al paso del tiempo. Las películas de Marisol son, al igual que las de Sara, carne de aquel cine industrial; pero tienen un ingrediente ingénuo que las hace desternillantes contempladas desde la distancia.
En las películas de Montiel todo es plástico, artificial, satinado, al servicio de la estrella. Lo bonito (la misma Sara, la muñeca inmóvil más bonita del cine español) siempre ahoga a lo bello. Son películas algo asfixiantes, sin atmósfera, sin alma, sin sangre, perfectos artefactos mecánicos como las interpretaciones de la propia Sara. Los ojos de la Montiel, su ausencia completa de expresión corporal convincente (no la necesitaba: lo único que su público le pedía era plantarse delante de la cámara y pronunciar pausadamente ), no tienen la humanidad suficiente como para traspasar la aduana de los años.

 

Una propi: según ha sostenido durante unas horas la web de El País, el pobre de Muñoz Molina ha escrito una novela de reciente publicación contra el consumo excesivo de Fanta; subversiva corriente llamada “fantismo” (por cierto, en Austria no hay Fanta de limón).
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