Esos seres azules


9 de Enero.- Hollywood: mil novecientos treinta. Hace apenas un año que se ha estrenado la primera película sonora, El Cantor de Jazz, en la cual, Al Johnson canta una serie de melodías sentimentalonas que hacen que el público se vuelva loco y abandone instantaneamente las películas mudas que, hasta entonces, hacían sus delicias. Los estudios cinematográficos inician rápidamente su reconversión al sonoro. En donde bastaba un cobertizo con buena luz para rodar una película a velocidad de vértigo y a un coste muy reducido, empiezan a hacer falta unas condiciones técnicas imprescindibles. El cine retrocede y se convierte en un teatro filmado, carreras sólidas se van al garete en cuestión de semanas, nombres que eran reverenciados por bandadas de admiradores caen en el olvido.
En este contexto, un ambicioso productor, David Selznick quien, por el camino, ha añadido una O. a su nombre para hacerlo más sonoro, piensa que ha llegado su oportunidad y le propone al estudio que le tiene bajo contrato, la RKO una película que, según presume, va a llenar de nuevo los cines. El taquillazo se llama King-Kong y está protagonizado por el actor ideal: un muñeco de unos centímetros de alto que ni cobra, ni come ni protesta. King-Kong, con su sencilla moraleja protoecologista y su protagonista, Fay Wray, que sólo está en pantalla para gritar, se convierte en el record de recaudación de 1933.
En todas estas cosas pensaba yo mientras veía Avatar, la respuesta del Hollywood más industrial a la encrucijada a la que el cine se enfrenta hoy. Sin duda, la más importante desde la aparición del cine sonoro.
Internet, la piratería pero, sobre todo, un público ávido de novedades son los responsables de que la industria americana haya vuelto a intentar la tridimensionalidad en una historia que, claramente, es el embrión de los videojuegos que ya se venden en los establecimientos al uso, y que tiene tantas cosas en común –particularmente la profusión de bichos– con aquel ingenuo King-Kong de los treinta.
La trama es simple: los humanos procedentes de un planeta agostado por la sobreexplotación aterrizan en un planeta extrasolar llamado Pandora: un vergel en estado de inocencia habitado por una raza noble, hermosa y azul que vive en perfecta armonía con el medio ambiente. Los resabiados humanos mandan a un polizón a parlamentar con los bellos seres azules y ahí empieza una historia de choque de culturas. No desvelo más.
La película está muy bien resuelta, a pesar de que, para garantizar el taquillazo masivo, los personajes tengan la profundidad de un teleñeco. Hay multitud de secuencias pensadas para aprovechar el procedimiento tridimensional. El cual consiste, en la mayoría de los casos, en trabajar con muy poca profundidad de campo, dejando la figura en primer plano muy nítida y el fondo difuso, para resaltar la perspectiva. Aún así, hay momentos en que uno piensa poder tocar lo que hay en la pantalla. De todas maneras, los movimientos de cámara demasiado bruscos resultan fatigosos para la vista, aunque tengo que decir que las gafas se llevan casi sin sentir.
En Viena, la entrada a la peliculita de marras cuesta quince eurazos (Imax y 3D) pero merecen la pena porque se pasa bien y se disfruta lo suyo con las escenas de acción. De todas maneras, yo no me compraré el DVD cuando salga si no me lo venden con gafas. Me temo mucho que, en la pantalla de mi casa, que es particular, y sin tridimensionalidad, la peli pierda mucho.
Volveremos a aquello de el cine, en el cine.
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