Leibovitz revisitada

El hermano y el padre de Annie Leibovitz en una fotografía de los noventa (foto:www.stylefrizz.com)

17 de Enero.- Hoy he visto por segunda vez la exposición de fotos de Annie Leibovitz. Y me han venido a la memoria varias imágenes conectadas, de alguna forma, con las de la fotógrafa americana.
He recordado una escena que me sucedió en 2009. Visitaba yo a la madre de un vecino que había fallecido de manera súbita. La mujer nos recibió a mi madre y a mi rodeada de imágenes de su hijo muerto. Fotos que le mostraban de chiquillo, de adolescente, besando la bandera durante su servicio militar. Fotografías que, en su momento, quedaron guardadas en cajones, en cajas, en álbumes, en discos; y que ahora son coleccionadas, enmarcadas, atesoradas, porque son el único testimonio visible de la existencia de esa persona. El único arma contra el, por otra parte, benéfico proceso de erosión que va suavizando los rasgos de los muertos o de los que ya no están a nuestro lado, hasta borrarlos; convirtiendo ese olvido implacable en una de las formas más exquisitas de la compasión.
Mientras mi vecina y yo mirábamos aquella colección de vistas del joven fallecido, aquel rostro siempre jovialmente idéntico pero siempre diferente repetido por las fotografías, con un hilo de voz, me escuché decir:
Desde que vivo lejos, me he dado cuenta de la importancia de las fotos.
Mirando las de la familia de Leibovitz, de su madre, de sus hijos, de sus sobrinos. La foto del hermano y de su padre, en blanco y negro, que me miraban a mí confiados porque antes habían mirado al objetivo de un aparato de capturar imágenes manejado por su hermana, por su hija, he pensado en las fotos que he hecho durante el último quinquenio.
En las fotos que hice en Madrid; fotos que testimoniaron principios de amores, curiosidad ante bodas reales, desfiles, manifestaciones, carnavales, o simplemente instantes que de otra manera hubiera estado destinados a hundirse en el susurro de los minutos que pasan, pero que quedaron distinguidos por el parpadeo de un diafragma. Y me he dado cuenta de que el valor de una foto es un valor relativo en el tiempo. El paso de los años hace que se recalcule constantemente lo que suscitan en nosotros. El tiempo las contextualiza, las conecta, las sitúa, cada nueva experiencia las cambia; dota a cada gesto de un significado nuevo, a cada tersura de la piel de una conexión inapelable con la inocencia que todavía conservábamos. Las fotos antiguas nos muestran, invariablemente, más felices, más inocentes y más ingenuos de lo que somos ahora que ya sabemos lo que ignorábamos entonces.
También, mientras miraba las fotos de Annie, me he acordado de que una amiga me ha mostrado este fin de semana su vuelta a la fotografía analógica, en forma de una eficaz cámara Lomo que, a primera vista, parece de juguete. Al enseñármela me dijo algo que me ha hecho pensar:
-Ahora pienso las fotos que hago.
La explosión de la fotografía digital, con sus infinitas posibilidades, nos ha hecho banalizar la imagen. La rapidez, la inmediatez, la sensación de que podemos tomar todas las fotos que queramos del mismo acontecimiento, ha hecho que el peso relativo de la pose, de la mirada, se haya difuminado un poco. Hay una oferta inacabable. Todos somos productores. Donde antes estábamos confinados a las treinta y seis vistas de un carrete, ahora hay una memoria numérica que nos permite cientos de instantáneas. El rostro de quienes queremos está infinitamente repetido, es transmisible por vía cibernética. Ya no existe el ritual de pedir copias de un retrato especialmente bonito (!Aquella ilusión impaciente del revelado que rememorábamos ella y yo!). Ya no se arregla la gente para ir al fotógrafo y quedar fijada en un momento y en un espacio (bueno: en España no, en Austria si).
(si ahora pudieras escuchar este texto, vendría un suspiro).
Sin embargo, lo mejor de las fotos de Leibovitz es que transmiten muchísima paz. Su mirada es imparcial. Quedemonos con eso.

4 comentarios en «Leibovitz revisitada»

  • el enero 19, 2010 a las 6:45 pm
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    Por todo eso que dices, yo sigo haciendo fotos con una cámara de las de carrete. Supongo que, al final, tendré que pasarme a las digitales, porque, poco a poco, es más difícil encontrar carretes u ofertas de revelado, la máquina se va haciendo vieja y, tarde o temprano, se romperá o habrá que retirarla.

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  • el enero 19, 2010 a las 6:47 pm
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    Justamente, acabo de publicar un post también sobre fotografías, en este caso, una fotografía que me han enseñado esta tarde, de una escena de hace 65 años. Con tu permiso, voy a citar un párrafo tuyo que me ha gustado mucho.

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  • el enero 20, 2010 a las 10:17 pm
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    Hola!

    A Amelche: mi amiga está feliz, asi que algo de razón tenéis…Ahora, que mi madre vive también en la gloria desde que descubrió los pixels y no para de hacerle fotos a su nieta.

    A Amelche 2: no sólo tienes mi permiso, sino mi aplauso y mi agradecimiento. Gracias por citarme. Por cierto, muy bonito el post 🙂

    Saludos

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  • el enero 21, 2010 a las 3:56 pm
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    Y hay quién sigue haciendo fotos como en el siglo XIX y las disfruta igual, por ejemplo, Xnem, un bloguero de Barcelona que está en mis enlaces y se dedica a estas cosas. Creo que la fotografía, del tipo que sea, seguirá levantando pasiones durante mucho tiempo más.

    Gracias por dejarme citarte y me alegro de que te haya gustado el post.

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