La identidad de Zettel

Es que la ley nunca duerme…

19 de Enero.- Zettel es un chaval de treinta y tantos años al que nadie le echaría una segunda mirada por la calle o en el metro. Una de esas personas ni delgadas ni corpulentas, ni altas ni bajas, que no destacan por nada en particular. Trabaja en una empresa de alta tecnología que fabrica proyectos a medida para otras del ramo automovilístico. Su vida personal también es de lo más normal: vive en Graz y tiene una novia cuyo único rasgo destacable es cierta tendencia a machacarse el pelo con esos tintes rubios que son un poco salvajes.

Cuando, hace algunos días, al final de una cruel madrugada invernal, Zettel salió de su casa, llegó hasta el aeropuerto y cogió un avión que le llevó primero a Frankfurt y luego a un punto de Estados Unidos, nada hacía presagiar que el chaval iba a vivir una aventura digna de una película de Hitchcock. Al pisar territorio estadounidense y someterse a los controles rutinarios algo no funcionó como en otras ocasiones. Zettel fue apartado de sus compañeros de pasaje y conducido a un lugar aislado en donde le indicaron que le iban a someter a un interrogatorio más exhaustivo. Zettel se lo tomó con paciencia pues, salvo cierto sobrepeso de equipaje, no tenía nada que ocultar. Seguramente pensó que se trataba de uno de esos estudios aleatorios, un simulacro o algo así. Le sentaron en una habitación sin ventanas, frente a un escritorio metálico. Tras él había un hombre trajeado con cara de tener muy pocos amigos o de acabar de enterarse de que su esposa se lo hacía con el butanero –o su equivalente estadounidense-; Zettel empezó a sentir cierto malestar en el estómago cuando el tipo sacó su pasaporte y empezó a preguntarle datos sobre su vida. Su nombre, su procedencia, la de sus padres y lo que había ido a hacer en territorio estadounidense.

Tras explicarlo en su inglés fluido pero con indudables resonancias centroeuropeas, el tipo trajeado le dijo a Zettel:

-No me lo creo.

Y le preguntó, sin paños calientes, en qué lugar de los Estados Unidos se proponía cometer un atentado ¿Quizá en algún edificio público? ¿Una escuela llena de niños inocentes? ¿Una planta química?

La nuez de Zettel subió y bajó, empezó a sudar y, al hacerlo, fue consciente también de que la culpabilidad se le pintaba en la cara. Su inglés trastabilló un poco, intentó defenderse y entonces el tipo dio un puñetazo en la mesa, le dio un par de gritos feroces y le dijo que, a partir de aquel momento, estaba detenido y se le prohibía cualquier contacto con el exterior. Zettel sintió como el mundo se le venía encima. Se hizo un largo silencio durante el cual el hombre empezó a sentir unas incontenibles ganas de orinar. Así se lo hizo saber al agente del FBI que le dejó ir al baño escoltado por otro policía no menos fornido, no menos ceñudo y no menos amenazador. Dentro del estrechísimo cubículo, Zettel consiguió mandar un SMS a su novia (la peliteñida) en el que le decía lacónicamente que no iba a llegar a su destino. Al salir, los policías le quitaron el móvil.

La novia lo recibió en Graz de madrugada y pasó la noche insomne, sin atreverse a llamar a nadie; sin saber siquiera si Zettel estaba en peligro. Llegada la mañana, se armó de valor y llamó al jefe de Zettel para explicarle lo que había pasado.

Mientras tanto, el detenido fue trasladado a otra dependencia del aeropuerto. Encadenado como el Gran Houdini antes de uno de sus números de escapismo, con un armario ropero a cada lado, fue paseado por toda la terminal del aeropuerto y depositado en una habitación sumida en la semioscuridad en donde le tuvieron sin comer y sin beber durante dieciseis horas.

Al cabo de las cuales, la puerta se abrió ante el deslumbrado Zettel que se temió lo peor. Pero no hubo tal: sin decirle esta boca es mía, lo montaron en un avión que lo devolvió a Frankfurt , desde donde pudo tranquilizar a su novia y darle a su jefe una explicación (o algo así).

Ni que decir tiene que, aún comprendiendo que no están los tiempos para andarse con chiquitas, el Ministerio de Asuntos Exteriores austriaco está que trina.

4 comentarios en «La identidad de Zettel»

  • el enero 19, 2010 a las 9:52 pm
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    Increíble, hasta qué punto puede llegar el miedo… Y seguramente a este hombre le habrían visto desnudo ya con los nuevos dispositivos de seguridad. Me preguntó si sirven para mucho…

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  • el enero 20, 2010 a las 12:19 pm
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    Pues por aquí no sabemos si indignarnos o descojonarnos con el episodio del Osama Ben Llamazares virtual fabricado por la Oficina Federal de “Inteligencia”.
    De momento, el afectado está que trina, aunque yo sospecho que en el fondo un poco halagado de ser víctima de los servicios secretos imperialistas.L.

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  • el enero 20, 2010 a las 2:47 pm
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    Qué fuerte me parece. Si yo fuese el presidente austriaco, cerraba la embajada de EEUU. Pero, claro:

    1-No soy el presidente austriaco.
    2-No soporto a los yankis, por lo que, seguramente, no llegaré nunca a ser presidente de Austria ni de ningún otro país “civilizado”.

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  • el enero 20, 2010 a las 10:14 pm
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    Hola a todos!

    Gracias por vuestros comentarios.

    A Te de Llimona: si la cosa es que no le registraron (o él dice que no) o sea que le quitaron todo lo que pudiera comunicarle con el exterior, pero nada más…

    A L.: joé, no es para menos. En Madrid porque le conoce todo el mundo, pero imaginate que le pillan en un aeropuerto de…Ginebra, un poner: oiga! Que yo no soy Bin Laden! Que soy el ex coordinador general de Izquierda Unida, como aquel que dice, comunista de toda la vida! Con el amor que le han tenido de siempre los americanos a los comunistas…Por una cosa o por otra le entrullaban jajaja.

    A Luisru: hombre, el chaval, fuera del susto, no sufrió mayores males. De todas maneras, estoy yo de acuerdo contigo: no creo yo que hablando así de mal del amigo americano ganases tú aquí muchas elecciones jajaja.

    Saludos

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