El Rey y yo

La familia real española en los últimos noventa, momento en el que sucede la historia que se cuenta en este post

23 de Febrero.- Sin que se pueda decir que quedemos mucho, la verdad es que la familia López (mi rama materna) ha tenido hasta ahora una relación afectuosa y hasta cierto punto frecuente con la familia Real. Eso sí, por partes. Aunque con doña Letizia no tenemos ninguno el gusto, mis abuelos tuvieron ocasión de preguntarle a su alteza el príncipe Felipe por sus planes matrimoniales en aquellos momentos, de infausto recuerdo para los monárquicos más partidarios de la tradición, en los cuales se relacionaba al heredero del trono español con la modelo sueca Eva Sannum.
Hay que decir que don Felipe (lo da el cargo, claro) reaccionó muy bien a las cariñosas pero insistentes preguntas de mis abuelos, y comprendió perfectamente que su interés no era cotilleo malsano, sino amor de buenos súbditos a la par que solidaridad con sus augustos padres, por tener mis abuelos, en aquel momento (y ahora) nietos casaderos y comprender perfectamente los desvelos que causa el no tener a la prole recogida. Ahora bien, en favor de la discreción del heredero de la corona, tengo que decir que don Felipe no soltó prenda y que mis abuelos se volvieron a casa con la curiosidad que habían llevado al acto en el que conocieron a Don Felipe.
Yo conocí a su Majestad el día 23 de Febrero de 1999.
Aquel martes se inauguró en la ciudad de Leganés el Auditorio Padre Soler, adscrito a la Universidad Carlos III de Madrid. Se representó un auto sacramental de Calderón de la Barca que se titula Los Alimentos del Hombre y Paco, vestido con un bonito traje del siglo XVII color verde botella a juego con unas botas altas y un sombrero de larga pluma, interpretó el papel del Creador del Universo (O sea, sí: Dios).

Todos estábamos bastante nerviosos (el verso, que siempre impone). Además de que la obra era complicada –el auto tiene intercaladas unas partes musicales compuestas por el dichoso Padre Soler para las que se necesitó el concurso de una orquesta sinfónica y un coro-. Además, ocasión tan solemne contó con la asistencia del entonces presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, Sr. D. Alberto Ruiz Gallardón y, más imponente aún, la de los Reyes de España (su majestad D. Juan Carlos der Erste, acompañado de su “Majestada” –no es mío, es de Jose Luis Coll- la reina Dña.Sofía).

Mientras pasaba lentamente el minuto previo a la representación, entre bambalinas, todos queríamos irnos con nuestra mamá. Particularmente yo, que era el primero que pisaba el escenario y el que desencadenaba la historia echando a Adán del paraiso terrenal.

Por suerte, sin gafas no veo un pijo (retener este dato: es importante) así que cuando, llegada la hora convenida, salí al silencioso escenario (y a la casi vacía sala en la que una veintena escasa de autoridades y guardaespaldas ocupaba las primeras filas) gritando con voz tonante “!Sal de mi casa, villano!” sólo distinguí en la la silueta inconfundible del peinado de Doña Sofía (la mujer no podía cambiar de imágen porque, en aquel momento, su retrato salía en las monedas de quinientas pelas y les hacía una faena a los de la Casa de la Moneda). Por suerte, no me tembló la voz mientras le echaba al pobre Adán una filípica de las que hacen época por haber comido del fruto del árbol de la ciencia. Al final, después de que las estaciones le entregasen diversos dones al pobre desahuciado, volví a salir y Adán, Eva y Dios Padre quedamos bastante reconciliados. Saludo correspondiente y al camerino.

Creo recordar que nos habían avisado de no vestirnos de paisano hasta que recibieramos orden para hacerlo, así que, llegados al camerino comentamos los pormenores de la representación hasta que alguien, creo que un propio de la Casa Real, vino a decirnos que los Reyes querían saludarnos. Así que allá que fuimos. Mis gafas, con las prisas, se quedaron en el camerino y así, viendo unos bultos borrosos, llegué a donde nos esperaban las autoridades.

Nos formaron en una fila y el Rey D. Juan Carlos fue dándonos la mano por turno. Yo estaba bastante distraido (es mi costumbre, que yo me disperso mucho) y, la verdad, no me di cuenta de que el Rey llegaba a mi altura. Sólo distinguí, por el rabillo del ojo, cierto movimiento y no me caí de la mata hasta que un compañero me metió un codazo en la zona intercostal.

Fue entonces cuando noté que el Rey me estaba haciendo reverencias ¡A mí! ¡Al mismo Paquito que viste y calza! Sin embargo, no me lo pensé dos veces y, cuando Don Juan Carlos se levantó y me miró desde su estatura (las dos: la física porque el Rey es bastante alto y la del cargo que desempeña), yo me quité mi sombrerazo y le hice una reverencia también. Y así quedamos en paz.

Entonces, el Rey se echó a reir y me dio una palmada enérgica en el hombro:

Muy bien actuao eh? Muy bien actuao –es que Su Majestad, en nombre de su proverbial campechanía pierde las oes en posición intervocálica con una facilidad que parece plebeya.

Gracias, gracias –dije yo.

Y luego la gente me dijo que había tratado al Rey como si nos conociéramos de ir de cañas de toda la vida.

Lo que son las cosas.

2 comentarios en «El Rey y yo»

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