Stella Maris (*)

Detalle de la imagen de la Virgen del Cármen que mi abuela tuvo colgada sobre la cabecera de su cama durante muchos años

(*) El título no tiene que ver con el contenido del post pero, al buscar la imagen que lo ilustra, me he enterado de que la Virgen del Carmen es la patrona del mar, y que se la conoce también como Stella Maris –la estrella de los mares- estoy seguro de que a mi abuela le hubiera gustado saberlo.
2 de Marzo.- Ayer, sentado en medio del caos, pensaba yo en lo importante que es la casa de uno. Una especie de prolongación psicológica de tu propio cuerpo. Desde aquí, lanzo una idea para los productores de tesis doctorales: alguien podría estudiar la influencia que tiene sobre los escritores producir en un entorno inestable. Y es que, desde que mi casa es el lugar en donde todas las polvaredas se dan cita, me cuesta muchísimo encontrar el tema diario de Viena Directo. Una operación que, cuando hay paz a mi alrededor, es cuestión de un minuto y medio.

Ayer, con la balleta en una mano y la desesperanza en el cuerpo (esa que se te pone cuando ves que, por mucho que limpies, no terminarás en una sola sesión) me acordaba de mi abuela María, la madre de mi padre. Mi abuela vivió sola hasta que no se pudo valer por sí misma. Más o menos hasta los ochenta y siete o los ochenta y ocho. Vivía un piso más abajo que nosotros. Después de cocer su café de puchero (tenía miedo de las cafeteras a presión) mi abuela pasaba las largas mañanas de su ancianidad pegada a la radio, escuchando tertulias políticas o programas de pasodobles y chascarrillos, llenos de anuncios de aparatos para oir mejor y de vitaminas que remedian la astenia primaveral.

Cuando volvíamos del instituto, se subía a nuestra casa a ver las noticias (“el parte”, como ella decía) y luego los culebrones. Aquellos primeros culebrones venezolanos que llegaron a España en los que había todos los ingredientes que a ella le gustaban menos los besos. Cuando el macizo protagonista y la aperreada heroína de nombre mineral se daban el primer casto beso en los labios (en aquellos escenarios de casa rica con escalinata blanca acaracolada y paredes pintadas con colorido tropical) mi abuela se volvía para no verlo, porque el solo espectáculo de las pasiones humanas tan crudamente representado violentaba su castidad de católica preconciliar.

A los ochenta y siete, sin embargo, estuvo claro que mi abuela no podía seguir viviendo sola durante más tiempo y que hacía falta que alguien la cuidase. Sus hijos se reunieron y decidieron hacer lo corriente en los casos de aquellas familias que se resisten a enviar a sus mayores a una residencia (esos negros lugares en donde la ancianidad, un estado triste de por sí, parece más mortal). La casa de mi abuela se deshizo y se acordó que pasaría un mes en casa de cada hijo –nuestra familia vive en un radio de unos dos o tres kilómetros, así que, en principio, no suponía mucho trastorno-.

A pesar de que en cada casa tenía reservada la mejor habitación –en la de mis padres, por ejemplo, dormía en la cama matrimonial- y que no se la oyó quejarse, aquel acuerdo supuso un duro golpe para mi abuela. Una mujer tan defensora de su intimidad tuvo que resignarse a perderla casi por entero. Nosotros intentamos hacerle el trago lo menos amargo posible pero mi abuela era de esas personas que necesitan tener su entorno controlado hasta el mínimo detalle y que, por desagradables experiencias vitales, no confiaba nada en que el futuro pudiera traer sorpresas agradables.

Mi hermano y yo intentamos conservar todo lo que pudimos de sus pocas pertenencias. Del naufragio salvamos una foto en la que mis bisabuelos miran a la cámara con ese aire que tienen algunas esculturas romanas de ser solo el leve soplo del rastro que una persona dejó al pasar por el mundo; un gran cuadro de la Virgen del Carmen, con el marco de fórmica, que a mí me gustaría traerme a Viena algún día, pero que me da miedo transportar para que no se estropee. Un par de latas de carne de membrillo llenas de cartas y documentos que cubren casi sesenta años de biografía (entre ellos, una cartilla de racionamiento en la que mi padre aparece como de profesión “lactante”). Poco más.

Mi pérdida es transitoria hoy. Apenas un desorden latoso que, proximamente, se disipará, pero quizá no estaría mal empezar a acostumbrarme a pensar en vivir con menos cosas, para que llegado el momento me cueste menos perderlas.

Entretanto, habrá que ponerse a limpiar.

2 comentarios en «Stella Maris (*)»

  • el marzo 4, 2010 a las 4:52 pm
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    Hola Herpato,

    es increible la de información que tiene la mente guardada. En cuanto he visto la “estampa” de la virgen del carmen he acudido rápidamente al recuerdo del cuadro de la abuela.

    Besos

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  • el marzo 5, 2010 a las 2:49 pm
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    Esa caja de hojalata del dulce de membrillo debió de estar en todas las casas. En la mía, hay una por algún lugar con fotos de antepasados (bisabuelos, abuelos, primos de abuelos, hermanos de bisabuelos y un montón de gente que no sé ya, a estas alturas, ni quiénes fueron).

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