Vecinas

Una de las calles del centro de San Sebastián de los Reyes

Con todo cariño y agradecimiento para todas las personas, hombres y mujeres, que durante estos días nos han acompañado a mí y a mi familia, aunque no lean este blog
7 de Marzo.- Hace escasamente una semana, en el curso de una conversación entre amigos, uno muy cercano hizo una observación sobre mí que no me molestó pero que, la verdad, tuve algunas dudas de que me dejara en buen lugar. Decía esta persona, que me conoce muy bien, que yo soy una persona que necesito de la gente y que no sería capaz, llegado el caso, de vivir solo. Hoy, yendo con mi padre a comprar el pan, en esta lluviosa mañana de domingo que ha amanecido en Madrid, no sólo me he dado cuenta de que esta persona tenía razón sino que, además, me gustaba que tuviera razón.
Cuando te vas de tu país son muchas cosas las que sacrificas (para ganar otras, de todas formas) pero la más importante bajo mi punto de vista es que pierdes esa red de personas que te conocieron en la infancia, que te vieron crecer, que comparten contigo unos códigos de conducta, unas maneras de hablar, unas reacciones espontáneas.
Por ejemplo: ayer, durante el duelo, me acordaba de C. y S., mis alumnos vieneses. Hace algunos meses les regalé Volver y, después de verla, me preguntaron si las mujeres españolas, las señoras mayores en particular, besaban como besan las mujeres del pueblo a Lola Dueñas cuando va al duelo del personaje de Chus Lampreave. Esos besos rápidos, sonoros, en fila, que se dan mientras se tiene a la persona abrazada. Es un beso típico de vecina.
En España, me doy cuenta cada vez que vengo, son muy importantes las vecinas. Vecinas de mis abuelos, arrastrando a sus maridos, han estado acompañando a la familia, han rezado junto a los rezadores, han tratado de confortar al triste; vecinas de mis padres han pasado por mi casa o se han acercado al tanatorio a dejar una palabra cariñosa a quien, en esos momentos, las necesita tanto. Las mujeres, solidarias como son por naturaleza, no sólo han aparecido durante lo que podría llamarse la parte más pública de una muerte, sino que han llamado después para preguntar. Incluso, una, acaba de dejar en mi casa un Tupper con dulce de membrillo. Se lo hemos agradecido en e alma.
En todas partes hemos encontrado gestos de condolencia, la inmensa mayoría sinceros. Y eso es una cosa que consuela muchísimo, que ayuda a llevar la pérdida de un ser querido con otra tranquilidad. Otra cosa que me ha llamado mucho la atención es que estas personas, la mayoría en los últimos cincuenta o en los sesenta, hablan de todo lo que rodea a la muerte de una manera muy pacífica, muy austera, que ayuda en cierto modo a mitigar el miedo que siempre inspira este trance final.
Como hombre, siempre estaré ajeno a lo que conlleva traer un hijo al mundo, pero siempre me ha gustado mucho, me ha tranquilizado, la manera en que las mujeres que son madres hablan del hecho de ponernos en circulación. De la misma forma, estas mujeres hablan de hechos como el golpe que supone para la viuda entrar en la casa que compartió con el difunto; esa prueba sobreentendida de valor que saben que la esposa tendrá que sobrellevar sola en algún momento; de la misma manera en que, a pesar de los cambios médicos, se sigue sobrellevando un parto; como ha de hacerse frente, en soledad, a los trances menos agradables de la vida.
Alguna vez he dicho en este blog que soy un gran fan de la cultura maruja, pero quizá debería haber escrito que soy fan de la Cultura Vecina en donde reside lo mejor de nosotros los españoles como pueblo. Lo más solidario, lo más desinteresado, lo más humano.
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