Conversaciones en la antesala del Mundo Perdido

El Sr. Vicente del Bosque, seleccionador español de fútbol, y que guarda cierto parecido con el caballero al que se alude en este post (foto: www.nosolodeportes.com)

8 de Marzo.- Aprovecho un hueco para hacer una visita a Mundo Perdido, la cadena de televisión en donde estuve trabajando muchos años. La puerta principal, revestida de mármol sigue igual que cuando, alrededor del edificio, todo eran descampados y resecos pinares. La misma bomba antiincendios pintada de rojo junto a la que jugué tantas veces de pequeño mientras esperaba que mi padre saliese de trabajar.

Tras el arco de seguridad, me recibe un guardia vestido con una cazadora azul de vago aspecto paramilitar. Gafas. Nariz aguileña. Sonrisa protocolaria, aunque agradable.

Buenas tardes. Quería saber si X está en la casa.

Lo siento, pero esa información no se la puedo dar.

-¿No puede tampoco llamarla? –intento darle pena, pongo cara de Marco buscando a su madre; me falta solo el mono Amedio en el hombro- es que mire, hace muchos años que no vivo en España y me gustaría saludarla…

El hombre se apiada de mí.

Quién le digo que la busca.

Dígale que soy Paco. Paco Bernal.

El vigilante apunta mi nombre en un trozo de papel. Marca la extensión. Pronto cuelga.

Está comunicando –me sonríe- buena señal.

Tras un corto momento, volvemos a intentarlo.

Hola…¿La señora X? Sí. Hay aquí una persona que dice llamarse señor Paco Bernal, que quiere verla. Sí. Muy bien. Gracias.

El vigilante cuelga.

Que ahora mismo baja, que le espere en esa salita –me indica una habitación algo separada de la batería de monitores que vomita, en catarata sin fin, las imágenes mudas de los canales que se gestionan desde el edificio de Mundo Perdido –Sepa que no va a poder acceder al edificio. Las visitas están muy restringidas.

Es que yo trabajé aquí muchos años y me gustaría…

No, si le he reconocido, pero tenemos órdenes terminantes de no dejar pasar a nadie ajeno a la casa –instintivamente, el vigilante pone mayúsculas detrás de las dos últimas palabras. La Casa. Así debían hablar los judíos del Sancta Sanctorum del Templo de Jerusalén.

Obediente, entro en la salita.

Un señor de mediana edad, vestido de entrenador de equipo de fútbol de primera división, espera también a que alguien le recoja. El caballero mira con evidente desdén lo que aparece en el monitor de plasma que preside el espacio.

En ese momento, aparece el hijo de una conocida folklórica vestido por un enemigo suyo –o de su madre- que quisiera hacer ver lo poco el muchacho se parece a Justin Timberlake.

El hijo de la folklórica se esfuerza en aparecer natural y gracioso vestido de ídolo fondón para consumo de jovencitas con acné. El hombre, incapaz de soportar el espectáculo, rompe su silencio. Señala a la tele:

Ahora que no nos oye nadie, esto es cultura –el hijo de la folklórica toma al abordaje un vehículo de tracción a las cuatro ruedas que sería el sueño dorado de cualquier traficante colombiano de estupefacientes.

Pero es lo que la gente ve –le digo al hombre. Aún le tengo cierto cariño a Mundo Perdido, aunque no a su programación, aunque no me dejen “acceder a La Casa”.

El hombre me mira como si el equipo que dirige acabara de perder la Intertoto.

Lo peor es que luego los jóvenes ven esto y…Vaya ejemplo que les estamos dando.

Eso sí, contesto yo.

Me imagino la cara que pondría el hombre si leyese mi post sobre el Wetten Dass de Gottschalk con la momia de Sofía Loren.

Decido dejarlo estar.
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