Don de lenguas

Los Estopa, marcando tendencia (foto:www.krawitz.wordpress.com)

9 de Marzo.- Yo tengo un amigo austriaco que, las pocas veces que le ha echado la vista encima a un noticiero español, se ha puesto del hígado.

No entiende a santo de qué, por ejemplo, ante el típico reportaje sobre la nevada morrocotuda, los periodistas le preguntan su opinión a la gente por la calle. El lado germánico de la mentalidad austríaca es incapaz de comprender qué tiene que aportar el pueblo soberano a la desnuda verdad de este tipo de noticias.

Estoy seguro de que, si a él le preguntaran qué le parecían las nevadas o qué opinión le suscita la subida de los tipos de interés, mi amigo, como el setenta por cierto de los austriacos, no sabría qué contestar sin pensar de sí mismo qué es un imbécil. Porque resulta de Perogrullo para cualquier ciudadano de allende los Alpes que la nieve, si arrea, fastidia; y, en el caso improbable de que conozca los inconvenientes de un hipotecón, cualquier subida del Euribor les hará polvo.

A los austriacos, señoras y señores, no les gusta contestar a preguntas evidentes. Lo consideran cháchara ociosa.

Así que ante cualquier reportaje semejante, mi amigo me mira y pone cara de ?

De poco sirve indicarle a esta amistad mía que, a los celtíberos, esa raza extraña llena de contradicciones, nos encanta comentar la jugada. Cualquier jugada.

Y así, cualquiera de nuestras modalidades televisivas (desde los programas de testimonios a los informativos) se compone en un veinte por ciento de información y en un ochenta de opinión. Este vicio de marear la perdiz, de comentar lo que pasa hasta que todo el mundo termina teniendo una idea imprecisa de lo que ha sucedido, si bien nos ayuda a mantener nuestra salud mental y no sucumbir a la depresión –ya decía San Sigmund Freud que lo mejor para remediar los traumas es verbalizarlos- resulta enormemente paralizante a todos los niveles.

(Aunque, bien mirado, casi a Dios gracias; porque con la facilidad que hemos demostrado en los últimos doscientos años para organizar zapatiestas civiles casi es mejor que nos quedemos en la lengua y no pasemos a las manos).

En España se habla mucho (y mira que yo rajo en todos los idiomas en que puedo decir más de dos palabras) pero uno, francamente, ya no está acostumbrado. Me pasa igual con esto que con los chándales, francamente. En Austria, el chándal, y toda esa zona de la semántica vestimentaria (sudaderas con capucha, etcétera) está reservada a los miembros del lumpen. A esa juventú inquieta que frecuenta los locales de rayos UVA. Sin embargo, en España, se ha puesto de moda el ir vestido del hermano pobre de los Estopa (ellos, que ellas van vestidas de Amy Winehouse) y resulta lo más normal del mundo.

Viena, si bien se mira, aceptemoslo, es una residencia de ancianos con dos millones de plazas. Y eso hace que, una vez te desintoxicas, la efervescencia de la vida española, el griterío constante (al cual no son ajenos, claro que no, los cortes publicitarios de la tele ¡Veinte minutos seguidos de anuncios, por Dios y por todos los santos!), los colorinchis, etcétera, te hagan preguntarte si es que te estás haciendo viejo y te preguntes, al oír ciertos testimonios en los riálitis chóus, si no tendrás alucinaciones auditivas.

Para que mis lectores se hagan una idea. Ejemplo sacado de la realidad de esta misma tarde. Una señora rubia –teñida- con los párpados pintados de violeta y cara de circunstancias ha ido a la tele y, acongojada, cargada de razón, ha afirmado:

Mi suegra sigue haciéndome la vida imposible hasta después de muerta. Me manda moscas gigantescas que invaden mi casa.

Pues eso.
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