Mascando la tragedia

Jóvenes y jóvenas de mi pueblo celebrando la llegada de las fiestas de la cosecha en Agosto de 2008

23 de Marzo.- Queridos y pacientes lectores: hay momentos en esta vida en que uno se siente no ya viejo (que uno lo va siendo) sino a años luz del que fue en la década de los noventa. Y, es más, le hace una ilusión tremenda.

Di que ayer estaba yo esperando a O. y a H. para tomarnos un algo.

Me encontraba delante de la Ópera. Hacía una noche fresca, pero agradable.  Al principio de las escaleras mecánicas que dan acceso al pasaje subterráneo que comunica la Plaza de la Ópera con Karlsplatz, hacían guardia los mozartillos –señores, por lo general inmigrantes, que le venden a los turistas conciertos de segunda y ballets llenos de bailarinas cojas-; en sordina, llegaban los acordes del Danubio Azul que suenan sin fin (y aparentemente desde que el mundo es mundo) a la entrada de los servicios de pago; los camellos se dedicaban a su menudo comercio y las palomas picoteaban algunos restos de comida esparcidos sobre el cesped. En fin, la vida estaba en orden y fluía idéntica a sí misma como el agua de un arroyo.

Mientras llegaban mis amigos, me llamó la atención un grupo de adolescentes sentados en el poyete que guarda una de las fuentes de la Ópera. Si yo fuera algo menos comprensivo con los errores de la juventud, diría que, conforme se ha puesto de moda, ellos iban vestidos de sicario colombiano y ellas de furcia de polígono; pero como soy un hombre que aprecia, admira y cree en el potencial de los que han de sucedernos, diré que iban vestidos como si fueran a concursar en Gran Hermano o a hablar de la presunta impotencia/frigidez de su pareja en El Diario de Patricia –o como se llame ahora- o en Salvame (de Luxe).

Por el uso de los tiempos, particularmente la profusión de pretéritos indefinidos, y la musiquilla del diálogo, saqué la impresión de que los adolescentes eran de algún lugar a orillas del Cantábrico. Había particularmente cuatro jóvenas que lloraban como las amigas de Julieta cuando se enteraron de que la pobre había dicho ahí te quedas mundo amargo por causa del amor de Romeo.

Los jóvenes que las acompañaban trataban de tranquilizarlas con un estilo que aspiraba a ser varonil, o sea, a medio camino entre el Yoyas y Coto Matamoros –cuán funesta es la influencia de la televisión- . Aprovechando que ellos me tomaban por extranjero y que hablaban con la libertad de quien no se siente espiado, me acerqué y puse la antena. Las magdalenas debatían si tenían que hablar de cierto incidente que había acaecido en un Starbucks cercano. Por lo visto a una ausente (¿Jessica? ¿Aida? ¿Brenda? Pongan mis lectores cualquiera de estos tres nombres) se la había tenido que llevar una ambulancia.

“!Sapristi!” pensé yo para mis adentros, y me imaginé instantaneamente un turbio episodio de drogadicción adolescente, de primeros coqueteos con la farlopa, el porno light y la trata de blancas. Agucé el oído y lo hice para respirar tranquilo, porque lo que le había pasado a Brenda había sido una simple lipotimia. Las amigas de la enferma debatían si preguntarle por el número que había montado en el local (que, a juzgar por lo que contaban, debía de haber sido digno de un circo de tres pistas). Unas lo aconsejaban, pero los chicos, más peritos, decían que a las lipotímicas, como a los epilépticos, era mejor dejarlos tranquilos con su vergüenza. También desempeñaba un papel prominente en el pleito una pérfida adulta que no entendía, como yo, por qué, a causa de una lipotimia, las muchachas habían llamado a una ambulancia como si la chica estuviese en parada cardiorrespiratoria. Las alarmistas se defendían, debatían como tertuliano panza arriba. Iban, venían…

Qué dramón, Señor. Qué fugas, qué llamadas, qué de “¿Qué te crees que yo lloro por placer? ¡Es que a mi mejor amiga se la ha tenido que llevar una ambulancia!” (sic).

En resumen, quéeeeee perezón.

2 comentarios en «Mascando la tragedia»

  • el marzo 24, 2010 a las 12:55 pm
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    Brillante, ultimamente estas bordando los textos.
    Lo de “la profusión de pretéritos indefinidos” me ha tocado personalmente, se me ha dibujado una sonrisa.

    Sigue Paco

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