Si me queréis, irse

Lola Flores y Antonio González retratados por el genial Gyenes
8 de Abril.- Cuando yo era pequeño y vivía en España, me fascinaba la información del corazón (que se sigue llamando prensa, aunque ya sea un género eminentemente audiovisual). No me entiendan mal mis lectores, no me fascinaba el leviatán en el que se ha convertido esta especialidad periodística en la actualidad, sino el relativamente pequeño olimpo que tuvo su final cuando terminó el programa Tómbola –después de una brava resistencia, por cierto-.

Quién nos iba a decir que, comparando con los abismos de sordidez que ha alcanzado la cosa, Tómbola debía parecernos algún día casi un diálogo de carmelitas.

La información del corazón me fascinaba porque destacaba, de entre la masa gris, a algunos practicantes aventajados de un arte que no domino en absoluto: el de la autopublicidad. Seres que conseguían crear(se) un personaje a base de dosificar la información en un sabio goteo al objeto de mantenerse como fuera “en el candelabro”.

En el apogeo de este sistema, la información sobre los personajes populares se convirtió en un olimpo doméstico sabiamente distribuido; organizado según el modelo de los sistemas mitológicos antiguos. Un matriarcado en el que eran fácilmente identificables los tipos de mujer que reinaban en el imaginario colectivo de la sociedad.

Como aquel olimpo estaba destinado al consumo de una masa formada en el catolicismo casi universal de los últimos años de Cuéntame, todo se trataba con una ingenuidad y un tacto que han dejado de estar presentes en la manera en que hoy se elabora este tipo de información.

Casi causa sonrojo acordarse de que Lolita, la hija de Lola Flores, vendía por un par de millones de aquellas pesetas la exclusiva de la comunión de su hija. Uno siente casi nostalgia de aquel universo en el que el glamour era capaz de alcanzar unas cotas tan entrañables de cutrez. La tarta se la repartían entonces un puñado de periodistas bien relacionados y, la falta de competencia y de medios tecnológicos (¡No había internet aún, parece imposible!) favorecían que los llamados famosos controlasen su imagen de manera que se ofrecían ante sus adoradores como seres no del todo humanos, inmunes a las groseras necesidades del cuerpo (el caso, por ejemplo, de Isabel Preysler: una mujer a la que, aún hoy, cuesta imaginarse dando a luz a su luminosa prole. Uno sólo puede imaginarse el nacimiento de los bebés Iglesias-Preysler como resultado de una suerte de concepción virginal y extracorporal propia de los milagros de alguna religión relacionada con los extraterrestres).

Hojeando la información política austriaca uno tiene la sensación de haber regresado en el tiempo a aquellos ochenta, con aquellos inocentes montajes que se basaban en la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones –¡Lola! Vuelve a gritar aquello de “!Si me queréis, irse!”-).

En aquel mundo no cabía el realismo sucio del polvete rápido en una rotonda de La Moraleja, o el guardia civil chulito pillado sableando al conductor de un semoviente; o el presunto periodista deportivo arrimando su sardina a otras ascuas.

Lo sórdido existía, claro, como existe hoy en la información política austriaca, pero no lo veíamos (no nos lo enseñaban) y eso nos hacía poder conservar aún un resto de inocencia.

Todas estas reflexiones porque hoy, leyendo el Österreich (gran periódico) me he encontrado con que HC Strache ha denunciado que, el lunes de Pascua, un desconocido le atacó armado con un cuchillo. Los guardaespaldas del político le redujeron e, inexplicablemente, le dejaron ir (?).

Hay algunos que, con tal de salir en un papel, son capaces de inaugurar un Pryca.

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