Frost vs Nixon


9 de Abril.- Desde que los hermanos Lumiére le enseñaron al público de un café de Paris que there´s no business like show business, las relaciones entre cine y teatro han sido intensas y, a ratos, bastante tempestuosas. Siempre que el cine ha querido ofrecer un espectáculo con pretensiones culturales (o culturetas) ha acudido regularmente a chorimangarle argumentos, situaciones y aspecto visual al arte de Talía.

De este chorimanguismo han salido sin embargo buenísimas películas, como Doce Hombres Sin Piedad, El León en Invierno o, más modernamente, la peli que hoy nos ocupa.

Frost Vs. Nixon está basada en la obra de teatro que cuenta la historia real del presentador británico David Frost (divo transcontinental de aquella tele de antes de la crisis del petróleo).

Mr. Frost estaba especializado en la entrevista a un tipo de artisteo que limitaba al norte con Olivia Newton John, al sur con los Bee Gees y al este con el telón de acero (del límite oeste no se sabía).

En 1977, el señor Frost era un personaje respetado en este negocio suyo de la intimidad al menudeo, hasta que tuvo la luminosa idea de entrevistar al expresidente norteamericano Richard Nixon.

La penúltima bestia parda de la política norteamericana se aburría semirretirado en su chalet de Casa Pacífica, lamiéndose las heridas después de haber tenido que dimitir de la forma más deshonrosa a causa del caso Watergate.

Frost se puso en contacto con el agente del expresidente y esperó. La respuesta llegó después de algún tiempo, en forma de una propuesta de acuerdo que incluía un sueldo astronómico y unas condiciones draconianas. Como, por ejemplo, dedicarle al Watergate (en realidad, la chicha de la entrevista) sólo un veinticinco por ciento del tiempo de grabación.

Confiando en su buena estrella a prueba de choteos ajenos y de cenizos, Frost aceptó los términos del contrato y, tras algunos traspiés que se narran en la película y que no adelantaré a mis lectores para que la disfruten más, hizo historia de la televisión, quedando catapultado de manera ipsofacta al olimpo de los diesel (la reina Elisabeth terminó nombrándole Sir).

Lo que mola de Frost vs. Nixon es que está construida sobre un guión muy sólido. Material de primera calidad en el que sólo hay un elemento que chirría un poco y que no se sabe bien por qué está. Frost, a pesar de ser feo como sólo puede serlo un inglés feo, tuvo en su época su familla de palyboy (tipo chatina, o sea, Arturo Fernández: un playboy de los de blazer de capitán de yate con botones dorados y raya al lado). Pues bien: en la película hay una chica monísima con pinta de frágil actriz francesa de alguna de las secuelas de Emmanuelle que, de vez en cuando, pasa por allí para colgarse del brazo de Mr. Frost (vamos, del actor que lo interpreta). Fuera de ser mona, la muchacha no tiene mayor participación en el argumento, más que la de poner el toque femenino en una película eminentemente masculina (vamos, la chica es lo que viene siendo un pegote dictado por la corrección poítica).

Por lo demás, Frost vs. Nixon entra dentro de ese género de flines, que tanto gustan en gringolandia, en los que el protagonista, venciendo todas las dificultades (una pata de palo, un desafortunado estrabismo, una aerofagia incontenible, una reputación adversa) consigue hacerse, tras dos horas de tribulación, con el éxito.

Las interpretaciones son exquisitas (los dos actores protagonistas que hicieron la obra sobre el escenario repiten papel en la adaptación cinematográfica) y, aún diría más, Frost vs. Nixon es una de esas pelis que, POR NADA DEL MUNDO, hay que ver doblada (aunque, por cierto, el doblaje alemán le dé sopas con onda al español, que es una castaña).

En fin: para hacerse un bol de palomitas, darle al play y creer que la vida, aún, puede ser un espectáculo inteligente.
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