Nacido ayer

La actriz Victoria Abril (foto:www.laguiatv.com)

13 de Abril.- Hay veces en que uno tiene la sensación de que su cabeza es un cine privado en el que, sin solución de continuidad, se van proyectando escenas de la propia vida; clips de apenas unos segundos, que se van sucediendo activados, a veces, por mecanismos de asociación que serían sin duda la delicia de un loquero.

Ayer, por ejemplo.

Seis y media de la tarde. Salía yo del gimnasio. Una lluvia fría golpeaba la Meidlingerhauptstrasse. La gente llevaba enterrada la nariz en el cuello de los abrigos, maldiciendo la ilusión que, la semana pasada, nos hizo pensar que el verano había llegado y, con él, el final de nuestras penas invernales. Ilusos de nosotros.

A la entrada de la estación de metro, tras una luna marcada por infinidad de dedazos, la dependienta de la tienda de frituras (turca) se aburría detrás de un mostrador refrigerado, en el que guardaba unos cacharros de plástico llenos de ensalada de patata industrial. Un producto que, por cierto, parece creado en el mismo laboratorio que una toxina perniciosa con la que una organización maléfica se dispusiese a dominar el planeta.

Iba yo pensando, como decía Gila, en lo caro que se ha puesto el tocino cuando, de pronto, me asaltó el recuerdo de una conversación, escuchada hace días en el metro por accidente, en la que uno de los interlocutores hablaba de lo conveniente que resulta el teorema de Pitágoras aplicado a las relaciones amorosas (los catetos, la hipotenusa…Ya se sabe).

De pronto, rápidamente, se superpuso en mi cerebro el recuerdo de Victoria Abril en aquella escena de Amantes (esa película en la que hasta Jorge Sanz está bien). Concretamente el trozo en el que Victoria, presa de furor, le espeta a Jorge (intentaré reproducir el acento madrileño de la Abril):

-¡Ya tienes lo que querías! Dos co**s: uno pa´los pares y otro pa´los nones (Victoria Abril se arranca los pendientes, nerviosa; el personaje de Jorge Sanz se ríe con una risita nerviosa) ¡Escucha! –dice ella- ¡Que me escuches, te digo! (da un golpe en la mesa)Voy a rezarle al demonio para que se “la” seque el c**o y no se la puedas meter el día en que se te abra de piernas la marmota esa.

En esas estaba, riéndome yo también, cuando me acordé de un personaje curioso que conocí una vez en Madrid. Un hombre feísimo. Sin duda el hombre más feo que yo haya visto nunca. Los ojos caídos, pachones. Uno de los dientes delanteros partido. La nariz de boxeador sin suerte. Un desastre.

Una persona, sin embargo, de una bondad infinita que, alguien malintencionado, hubiera encontrado sospechosamente parecida a la estulticia. Le llamábamos “Nacido ayer”, porque apareció un día sin que se supiera de dónde, como si hubiera sido creado, como la ensalada de patata, en un laboratorio del desierto de Arizona. Como si no hubiera tenido niñez, ni familia, ni amigos.

Nacido Ayer había sido religioso (un religioso muy jóven; cuando yo lo conocí debía de tener treinta años como mucho) hasta que, un día, había tenido que reconocerse incapaz de soportar los pinchazos de la carne y había colgado los hábitos. Sin embargo, lo que le caracterizaba era su completa ignorancia de las normas del disimulo (fruto quizá de una educación aislada en una ciudad pequeña de provincias). Recordaré mientras viva una de las cinco o seis veces en que le vi. De pronto, se quedó clavado delante del escaparate del Hard Rock Café que hay en la plaza de Neptuno. Mirando al interior, desamparado como sólo puede estarlo un cachorro desamparado. Había visto a una chica que le había gustado y, sencillamente, no había podido seguir andando.

Recuerdo que, como si fuera el vizconde de Valmont (ya ves tú) me acerqué y le dije:

-Alberto –no es su nombre real- una cosa es que te guste, pero la cabeza no hay que volverla nunca -hubiera tenido que haber dicho también algo de pegar la nariz a los escaparates, pero me contuve gracias a Dios-. En estas cosas -terminé- es peligroso perder la dignidad.
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