Al final de la escalera

La casa común europea (fotograma de la película “Al final de la escalera”)
17 de Mayo.- Fin de semana lluvioso, ideal para ver pelis de miedo. Ayer, estuvimos viendo, sentados en casa, los gatos como atentos testigos mudos, “Al final de la escalera”, un flín añejo que acojona  siempre que lo ves. Es escuchar ese susurro infantil diciendo “Joseph Carmichael” y se te ponen los vellos como escarpias.
 
El viento hipohuracanado se arremolinaba por los recovecos del balcón y la lluvia golpeaba los cristales. Y yo me acordaba de la frase del gobernador del Banco Central Europeo, Sr. Trichet, de la que sólo se han hecho eco, por cierto, los medios españoles. Los medios austriacos estaban ocupados mostrando la nieve que ha blanqueado estos días algunas partes del país. Dijo Trichet que vivimos tiempos dramáticos, los más duros desde la Primera Guerra General.
 
Al escuchar en mi mente, una y otra vez, las palabras del político , me acordaba de los mayas, del presentimiento de fin que permitió la caida de su civilización y la toma de poder de los españoles sin apenas resistencia (un presentimiento que funcionó como profecía autoconclusiva). Y pensaba también que una de las leyes de la vida es que no es tan importante la realidad de los acontecimientos, sino la interpretación que nosotros hacemos de ellos.
 
Y pensaba también que, al margen de que la crisis económica actual tenga una raíz sistémica  también es cierto que la crisis tiene un gran componente anímico. Se percibe en la clase dirigente europea un gran agotamiento. Un peligroso agotamiento.
 
Nuestros políticos, en su mayoría hijos de la prosperidad que trajo la posguerra mundial, no saben qué hacer con la estrechez que les ha tocado administrar. Precisamente porque han perdido de vista la utopía. Si uno no tiene una idea de la sociedad ideal en la que le gustaría vivir, o sea, del punto al cual se dirige, es muy poco probable que pueda ponerse en camino hacia ese punto.
 
La crisis, las crisis, se conectarían así con el agotamiento del modelo que impulsó la Unión Europea. El paradigma europeista de la Europa de los pueblos, social, con un sector público fuerte que garantizase una homogeneidad de las condiciones de vida de todos los europeos que viviesen bajo el paraguas azul, se fue a la porra coincidiendo con el auge de las políticas neoliberales de mediados de los noventa. La privatización de las empresas públicas europeas también desustanció en gran parte los ideales europeos. En otras palabras: una unión pensada por socialdemócratas está siendo administrada por neoliberales. 
 
Asimismo, la clase dirigente europea, que antiguamente se nutría de lo mejor de los cuadros académicos, es víctima de la progresiva decadencia del sistema educativo en todos los países.
 
Esto se ve perfectamente en el caso de la política española en donde el nivel del debate ha caído a profundidades abisales (salvo honrosísimas excepciones). Baste recordar aquella anécdota del principio del mandato del actual presidente del Gobierno. Debate parlamentario de campanillas frente al líder de la oposición, y el asesor del presidente que, creyendo que el micrófono está cerrado, le dice que ha estado bien en el debate pero que en economía se había notado demasiado que no sabía el terreno que pisaba. Y remata con insultante desfachatez:
 
Pero esto, en tres tardes te lo aprendes tú.
 
¿Cómo no ver venir la catástrofe actual? ¿Soy yo el único que piensa que no es un consuelo recordar que, probablemente, los otros jefes de gobierno europeos tienen un nivel parecido? Y la vieja pregunta, ¿Es esto lo que los europeos nos merecemos?
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