Maissau

24 de Mayo.- Hoy, festividad de Pentecostés -Pfingsten, auf Deutsch- ha sido festivo en Austria y, como el tiempo lo ha permitido, he hecho una excursión con unos amigos a la localidad de Maissau, situada en Niederösterreich.
Maissau está situado en un paraje muy fértil y se tiene noticia de su existencia desde 1114, momento en que un terrateniente local legó todas sus posesiones de la zona a la abadía de Klosterneuburg. La ciudad contó con el monopolio de las postas comarcanas, gracias al cual se enriqueció y, desde 1971, es cabeza de partido de otros diez lugares.

Uno de los lugares que más me gustan de Maissau, y que mis lectores ven en estas primeras fotos, es el cementerio. Es un camposanto prototípico austriaco, de esos en que se tiene la sensación de que la muerte no es una cosa importante. La mayoría de las lápidas son del siglo XIX y XX, aunque las tumbas más antiguas datan del barroco. Hoy, con el campo florido por las lluvias recientes y las hileras de parras de las que se coge la uva con la que se fabrica el vino local, resultaba el sitio ideal para perderse a pensar o, simplemente, para dar un paseo pacífico.
Bajo estas líneas verán mis lectores una de las cruces que hay apoyadas contra una de las tapias del cementerio. De forja, pintadas de negro, con el cristo dorado. Pero las había también herrumbrosas, antiguas, formando un pintoresco montón.
La localidad está dominada por un castillo que pertenece a la familia noble local y que, en la actualidad, no se puede visitar. Desde el promontorio en el que está situado se divisa toda la región que, en esta época, es bellísima. Desde el castillo se accede también a la zona boscosa que, en tiempos (me aseguran que antes de la primera guerra mundial) fue un parque del que hoy solo quedan algunas estatuas medio tragadas por la maleza y algunos obeliscos de indudable regusto neoclásico.
La torre del castillo y un árbol que crece en lo que fue el foso.
Uno de los amigos que iba conmigo es muy aficionado a la botánica. Lee en el bosque de una manera que a mí, francamente, me hace morirme de envidia.
Andando por el antiguo parque del castillo me ha indicado esta planta. Una joya rarísima. Se trata de una especie de orquídea que solo florece de manera muy infrecuente y que tiene la particularidad de que es totalmente parásita. No tiene clorofila -de ahí el color pardo-. La orquídea se sujeta a las raíces de la planta hospedadora con alguna parte de su tallo y, mediante ella, succiona los nutrientes de su anfitrión. En este caso un roble.
Esta última foto corresponde a la plaza dedicada a los caidos en la dos guerras mundiales, que se encuentra frente a la iglesia del patrón de Maissau, San Vito. A tiro de piedra hay una taberna o heuriger en la que se come -doy fe- fenomenal.

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