El síndrome de Prometeo

26 de Mayo.- Querida sobrina: desde que, hace un par de semanas, los gobiernos de los países europeos decidieron darse por aludidos de la existencia de problemas profundos en lo que, hasta entonces, decían que era el edén, se ha instalado un estado de confusión desapacible.
Los estados de optimismo moderado y de pesimismo abisal se suceden sin demasiada lógica y da la sensación de que, en general, las sociedades que han tenido que asumir de mala gana que the party is over se comportan como los malos actores de teatro.
Estos, sienten dentro de sí una ansiedad que les impulsa a moverse por el escenario, o peor, en el sitio, sin ningún objetivo –en el argot de teatro a esto se le llama “bubear”- . Los comicastros sienten que la acción, de cualquier naturaleza, matará la ansiedad que les provoca la presencia muda del público.
Como un gas venenoso se ha instalado en los gobiernos europeos (especialmente en el que gobierna el país en el que vives) la necesidad de actuar. ¡Hay que hacer algo! Gritan tirios y troyanos. Ya, ya, pero ¿Pero qué hacemos? Responden otras voces.
La triste realidad, sin embargo, es que no hay acción posible, emprendida desde una posición individual, ni aún gubernamental, que pueda cambiar el estado de cosas actual. La crisis funciona a una escala tan superior al indivíduo, el sistema que hemos creado es tan vasto y tan complejo que, en mi opinión, es poco lo que no se puede confiar al azar y a la esperanza de que escampe algún día. Y ese poco se resume en unas cuantas medidas paliativas de resultados inciertos (siempre se puede encontrar a un teólogo que diga lo contrario de otro teólogo, es fácil encontrar a un economista que diga lo contrario de otro economista y aporte razones igualmente válidas).
Se da así la amarga paradoja de que el continente europeo, que por situación geográfica es bastante inmune a los desastres naturales y que, por lo tanto, está razonablemente libre de los imponderables con los que la naturaleza aflige a otras tierras, ha creado un desastre natural para uso propio. Un leviatán cuyo comportamiento es tan impredecible y destructivo como cualquier ciclón o terremoto.
Aún peor: porque el material teórico de aluvión que forma la superestructura ideológica del capitalismo así como los estudiosos del sistema de toda laya (tanto los que lo estudian desde la admiración o el respeto, como los filósofos marxistas que intentan sustituirlo por otras formas de intercambio) han creado un arquetipo y con él una ilusión: el arquetipo del prometeo que puede cabalgar a la tormenta y manipularla en su propio beneficio. Una suerte de personaje imaginado por Espronceda que, en las películas yankis, termina de millonario habiendo empezado de botones; y en los sistemas de socialismo duduá a la caribeña es caricaturizado con sombrero de copa y leontina.
Ninguno de los dos, en mi opinión, tiene razón por la sencilla de que este tipo de genios no existe. Hay éxitos momentáneos, que se prolongan como máximo un par de generaciones, astucias que permiten a ciertos indivíduos enriquecerse. Pero el sistema no es manipulable como es inmanipulable una tormenta tropical. Aquellos que imaginan oscuros poderes económicos supranacionales, gigantescas manos negras que determinan el destino, no se dan cuenta de que las decisiones están tan atomizadas y que las grandes corporaciones están tan empantanadas de burocracia que resulta jocoso imaginar que, allá en la cúspide, ande el Doctor No acariciando a su gato de angora con la mano blanca cuajada de brillantes.
No sé si me explico.
Besos de tu tío.

2 comentarios en «El síndrome de Prometeo»

  • el mayo 27, 2010 a las 12:56 pm
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    Pero que facil resulta echarle la culpa a ese Doctor No sin cara, y no mirarnos la nuestra en un espejo y reflexionar sobre los motivos que nos han llevado hasta aquí. Ser sinceros con nosotros mismos es duro.
    En fin.

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