Los espíritus que vagan por el ambiente (I): Primera memoria

Hombre rodeado por signos de presencias espirituales (foto extraida de flickr; usuario: The National Media Museum)

Para mi abuelo Paco , In Memoriam

1 de Junio.- La lluvia, el tiempo otoñal, los cielos grises y cargados, son propicios para la rememoración.
Hoy, abstraido de mis compañeros de vagón de metro, buscaba yo mi primer recuerdo más o menos hilado. Quiero decir un recuerdo que no fuera las imágenes que la mente pone a los relatos de adultos que lo presenciaron. Lo más antiguo que he encontrado data más o menos de 1981. Es una sola imagen: un hombre muy anciano (a mí me lo parecía, pero no debía de tener más de setenta años). El hombre lleva un pijama claro (¿Verde manzana? ¿Blanco?), una sonda le sale de la nariz y tiene la mirada acuosa de los enfermos graves. Sonríe, dice algunas palabras supongo que cariñosas –como a todos los hombres de su familia, le encantaban los niños-, abre los brazos e intenta abrazarme. Las manos, marcadas por venas azules y manchas marrones, tiemblan ligeramente. Yo me resisto, pero, empujado quizá mi madre, termino dejándome besar en la mejilla derecha.
Se trata de un hermano de mi abuela materna, un hombre que en las fotos que han llegado hasta mí, fotos de la salud, aparece con la expresión inteligente y algo zumbona que es común a mi padre y a mi hermano. Posa con las piernas algo abiertas, siempre de punta en blanco, en una postura que, es curioso, yo también tengo en algunas de las imagenes que quedan de mi niñez.
Sé, porque me lo han contado después, que mi recuerdo data de la única visita que le hicimos. Vivía en Vallecas y supongo que acudir a verle debió de suponer más o menos como salir de Viena para alcanzar algún punto del desierto de Gobi.
El hombre murió poco después. Se conserva la carta que su mujer le envió a mi abuela anunciándole que la enfermedad ya no tenía remedio y que la cosa era cuestión de días (vivíamos en la misma provincia pero, en aquellos momentos, el teléfono era un lujo que poca gente de nuestra clase social podía permitirse). Recuerdo también muy difusamente el día del entierro, porque fue una de las pocas veces de mi infancia en que mis padres me dejaron al cuidado de otra gente.
En cambio, mi primer recuerdo relacionado con el mundo exterior, o sea, no directamente con mi familia, se refiere al papa Juan Pablo II.
Estoy en casa de mis abuelos, en la salita (en este caso, el diminutivo es completamente exacto porque es una habitación muy pequeña). Es verano (mi abuelo estaba en camiseta, como solía cuando llegaba el calor). Deben de ser alrededor de las cinco de la tarde. En la habitación están él, mi abuela, con una bata de tergal azul con flores blancas, mi tía C., que entonces aún debía de ser soltera, mi madre y yo mismo. Es curioso pensar, por cierto, la cantidad de gente que conozco hoy que aún no había nacido entonces.
En la televisión, un reportaje sobre el atentado contra el papa, el rostro contrito de Ali Acga escoltado por dos carabinieri. El pontífice vestido de blanco cayendo abatido por las balas.
Mi abuelo empieza a decir con su voz peculiar (una voz trabajada a golpe de tabaco negro desde su adolescencia temprana, una voz que nunca levantaba) que la Virgen de Fátima ya había anunciado el atentado y que el fin del mundo debe de ser ya una cosa inminente. Se hace un estremecido silencio, muy propio de aquella casa en la que era comunmente aceptada la noción de que, detrás de la realidad de todos los días, latía un mundo más rico lleno de presencias del pasado y de lo por venir.
Yo siento miedo, lo recuerdo bien. Pero no digo nada. Es mi tía C. la que hace la pregunta que a mí me quema: cuestión de poco tiempo pero de cuánto. Se vuelve a hacer un silencio, que mi abuelo aprovecha para suspirar algo meditabundo. Aparecen en la conversación el inevitable Nostradamus y sus enigmáticas cuartetas. Mi vista queda fijada en el bolsito de ratán que lleva mi madre y se acaba el cortometraje sin posibilidad de saber en qué paró la conversación.
Próximo capítulo: Macumba te ve

3 comentarios en «Los espíritus que vagan por el ambiente (I): Primera memoria»

  • el junio 1, 2010 a las 10:57 pm
    Enlace permanente

    Bueno, si te sirve de consuelo, yo sí había nacido y tenía 7 años cuando lo del atentado del Papa. Y el de Ronald Reagan fue poco antes o después, ¿no?

    Respuesta
  • el junio 7, 2010 a las 7:16 pm
    Enlace permanente

    Hola:

    No recuerdo exactamente, pero lo de Reagan debió de ser por las mismas fechas. Qué ochentas tan revueltos tuvimos, la verdad 🙂

    Respuesta
  • el junio 8, 2010 a las 10:10 am
    Enlace permanente

    Si te digo que me acuerdo de aquella visita a Vallecas, incluso tengo un recuerdo de un mueble que había en aquel salón y una puertecita de abajo del mueble que se abre, creo que para darnos galletas o alguna cosa, je, je. Curioso esto de la mente.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.