Summer in the city

Las torres de Alterlaa en una foto tomada de photocommunity
11 de Junio.- Los cinco hombres llegan en dos coches al aparcamiento de la estación de metro de Alterlaa.
Las torres con la tasa de suicidios más alta de Viena reposan oscuras, tranquilas como misteriosos tótems, en el aire reverberante de la noche. Aquí y allá se ven algunas figuras anónimas, oscurecidas, que pasean intentando cazar una bocanada de brisa inexistente.
La despedida se alarga un poco, se acuerdan futuras reuniones que prometen risas por llegar.
Tras intercambiar apretones de manos, los cinco hombres se dividen en dos grupos. Los dos motorizados suben a sus coches, los otros tres emprenden el camino del metro.
Da gusto decir buenas noches y no tener que irse a la cama inmediatamente –dice uno, el más alto de los tres que quedan, mientras sube las escaleras hacia el andén.
Es casi medianoche. La estación está casi desierta. El cielo estrellado. El silencio es terso y refrescante. Algunos mosquitos buscan las luces eléctricas.
Cuando los tres hombres se han sentado en las sillas blancas de fórmica que componen el mobiliario de la estación, un mendigo se coloca junto a ellos. Transporta una bolsa de plástico que agarra por la parte superior, hecha un gurruño. Lleva un perrito límpio, de aspecto inteligente y servicial, sujeto con una correa. Los tres hombres, en principio, le hacen poco caso, hasta que el mendigo empieza a dirigirse a ellos utilizando un acento vienés muy espeso enturbiado además por varias latas de cerveza. Las palabras incomprensibles, el tono nasal, se van depositando en la noche como los ecos de un código secreto. Los hombres no saben bien qué hacer.
Hay cosas que nunca entenderemos –dice uno de ellos. Y pone de ejemplo el acento vienés del borracho que, contumaz, inaccesible al desaliento, insiste en dirigirles la palabra.
Uno de los sentados hace desganadas protestas. El día llegará en que los localismos del dialecto aborigen no ofrecerán ningún secreto.
El mendigo, insistente, las escuálidas pantorrillas asomando de unos pantalones cortos muy relavados, se acerca a ellos un poco más. El chucho, como un niño de la mano de su padre, mira alternativamente al borracho y al grupo de españoles. Los ojitos brillantes y sagaces en la cabeza blanquimarrón.
El borracho abre la bolsa y saca un terrario.
-¿Y ahí qué tiene? –pregunta uno de los celtíberos.
Saltamontes, creo.
Qué ascazo. Que no se acerque más, por Dios, que salgo corriendo –el que esto dice siente una grima sin fronteras por los hermanos insectos.
Entre una catarata de términos incomprensibles, el borracho dice “bier” (cerveza) y “Terrarium”. Luego, al ver que los españoles no demuestran mayor interés, se da por vencido y se aleja andando vacilante por el andén de la estación, con el perrito detrás, trotón, cariñoso.
El metro llega. Los españoles se suben al vagón más próximo. Encuentran tres sitios en los que sentarse. Hablan de libros. Uno comenta el aburrimiento mortal que le produce García Márquez, otro habla de la prosa (sólo) aparentemente transparente de Borges. El tercero se confiesa lector de los últimos libros de Isabel Allende, la chilena que traicionó al best seller.
Al llegar a la estación de Längenfeldgasse los amigos se separan. Quizá viajen sus recuerdos hacia las copas de vino que, vacías ahora, reposan boca abajo en la oscuridad fresca de una cocina de la Baja Austria.
El que queda solo, enciende el discman. Selecciona la pista número cinco del CD. Luciano Pavarotti se reafirma en su temeraria decisión de afrontar el dilema que propone la despiadada princesa Turandot. La llama por tres veces y, por tres veces, golpea el gong que sella su destino. El metal de la orquesta, lanzado a toda velocidad como un tren de mercancías por una pendiente, le acompaña. Tras un breve silencio, el coro, figurando al pueblo de Pekín, se desata como una catarata de agua. Las voces adquieren, en el silencio de la noche de verano, una textura lujosa y delicada que hace que, a su lado, los hebreos de Nabucco parezcan un grupo de hooligans berreando We are the Champions con voz aguardentosa.
El hombre siente que está escuchando la poderosa y terrible voz de Dios y cierra los ojos, satisfecho.
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