La intemperie es lo que tiene

5 de Julio.- En la Donauinsel, con la atención concentrada en el dedo gordo de mi pie derecho, que se recortaba contra el cielo azul manchado de nubecitas inofensivas, pensaba yo ayer en una cosa que mi padre, hombre curado de todos los espantos y de la mayoría de las vanidades, dice a menudo. Asegura el buen hombre que, si nos tuviéramos que buscar novio (o novia) en bolas, la humanidad no tardaría en extinguirse.

A fuerza de ocupar anualmente un sitio en la franja de la playa fluvial del Danubio, a nada que uno tenga un poco de memoria visual, termina uno conociendo al paisanaje. Y, la verdad, en bolas, son muy pocos los bípedos implumes que no pierden como personas. Pocas desnudeces hay que doblen con cierta dignidad el Cabo de Hornos de los treinta y cinco. Y los pocos y las pocas que pueden presumir de haber conseguido esta heroicidad desfilaron el sábado en las fiestas del orgullo y luego, salieron corriendo al gimnasio para  tragar batidos de proteínas y hacer la tabla diaria que les conserva los abdominales esculturales y los glúteos como piedras.

Con las melodías de Puccini como fondo pensaba yo también en las barbaridades que hemos hecho de chicos. En esto que me decían a mí, que soy blanco como la leche, cuando me abrasaba vivo al sol:

-Esto, nada: te quemas una vez y ya, para todo el verano.

Ya, ya.

Los austriacos parecen tener esta misma opinión y ayer se esforzaban denodadamente en achicharrarse  los mondongos bajo el brillo inclemente del rey de los astros. Particularmente esos viejos nudistas, raza vienesa pura, que en mayo, sin que se sepa cómo, ya están como torreznos. A mí, las temperaturas no me dejaban abandonar la sombra.

El calor, gracias a Dios, ha amainado un poco hoy pero, también es cierto que, cuando se diluye la canícula, uno tiene la misma sensación que cuando el calendario ordena quitar los adornos de navidad y la casa se queda un poco tristona y desangelada. Despojada de la fiesta y preparada para el trabajo.

Aunque claro, que el calor ceda un poco también tiene sus ventajas.

Por ejemplo, que los mosquitos –atroz plaga veraniega– van también entregándole su pequeña y puñetera alma al Creador, y dejándonos un poco tranquilos.

En estos días, colecciona uno remedios para repeler su ataque y para mitigar un poco los molestos efectos de sus picaduras. Unos y otros de dudosos cuando no nulos resultados.

Porque los mosquitos de Viena son unas bestias voraces que te pinchan justo en ese centímetro cuadrado que has olvidado embadurnarte de mejunje. Los mosquitos chinchan porque, además, se las apañan para picarte en esos lugares inhóspitos que, invariablemente, tienen que frotarse contra otro trozo de piel o contra la ropa. Digo yo que será porque en esos sitios el olor corporal es más fuerte y este perfumazo a feromona, denunciador para ellos de la existencia de delicias sanguíneas, es lo que les atrae más.

Hace un par de años, lo más in de lo in entre los mosquitos era picarme en las corvas. O en la parte trasera de los muslos. Con las molestas consecuencias que el lector se puede imaginar facilmente. Sin embargo, este año, la parte de mí que prefieren devorar los más gourmets, los mosquitos que marcan tendencia, son los tobillos.

Por culpa de esta nueva moda entre los vampiros con alitas he estado tres o cuatro días con los tobillos como botes, sin poder ponerme zapatos. En chanclas.

Ayer, mientras yo escuchaba un cd de Tosca tranquilamente tirado en mi toalla, a la sombra de unos matorrales, toda la exuberancia de la vida entomológica vienesa tomó al asalto las porciones de mí que estaban al descubierto e intentó colonizar aquellas que, previsoramente, iban tapadas con tela (no está este año el panorama para hacer nudismo, ni yo quiero tener hinchadas a destiempo según qué partes delicadas de mi cuerpo).

De nada sirvió que me hubiese echado un espray apestoso.

Por suerte, los mosquitos vieneses son devoradores y activos pero no transmiten ninguna enfermedad. Por la cuenta que me tiene no viajaré al Amazonas.

En fin: paciencia.
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