Mira quién baila

2 de Noviembre.- Ayer, a eso de las nueve de la noche, aterricé de la manera más imprevista en un curso de baile. Yo iba acompañando a un amigo que no se resigna a que, un día, yo aprenda a moverme por un parqué siguiendo las pautas militares del vals inglés, del vals lento o de la polca y, hasta ayer, tengo que decir que lo llevaba muy crudo, el hombre. Esta mañana, sin embargo, puede ser que la situación haya cambiado y se lo debo, como muchas veces pasa, al profesor.

Cuando llegamos a la academia de baile que iba a convertirse en la escena del crimen, yo ya tenía ganas de poner pies en polvorosa presa del pánico que me da, como a todo el mundo, hacer cosas en las que estoy seguro de hacer el ridículo. Mi amigo, inasequible al desánimo, no cesaba de empujarme para que entrase a aquel lugar, que parecía decorado por un amante de los gnomos de jardín que se hubiera tomado un LSD.

Mientras esperábamos en una salita acondicionada para poder cambiarse los zapatos de calle por los eficaces zapatos de baile, yo eché un vistazo a la sala –histórica, por cierto- en la que se daban las clases.

-Me voy. Yo me voy.


-¿Y eso?


-¿Pero tú los has visto? ¡Son buenísimos!

Varias parejas recorrían el parqué como gráciles veleros en un día con viento moderado, haciendo figuras, caracoles, cabriolas que a mí me parecieron –y me parecen aún- el colmo de la sofisticación. En fin: llegó el momento, y yo, dispuesto a irme, cogí la cazadora. Pero hete aquí que, como pasa siempre, contados los bailarines salió un número impar. Me rogaron y, a regañadientes –pensando que, en todo caso, la tortura duraría poco- acepté. No miento si digo que me pasé la hora y media más divertida de la semana. Porque el profesor, a diferencia del que había intentado enseñarme en otro intento anterior, resultó ser una persona que dominaba a la perfección todos los trucos del oficio (del baile, y de la enseñanza) alguno de los cuales escribiré aquí para aviso de mis lectores:

El cerebro humano es musical, se lleva bien con el ritmo. Le gustan las pautas conocidas y reconocibles. A nuestras neuronas les encanta trabajar con materiales cuya lógica pueden encontrar facilmente. Cuando alguien empieza aprender algo es necesario en primer lugar darle unas cuantas directrices sencillas para que coja seguridad y para que sus neuronas partan de la sensación –agradablemente falsa- de que, en vez de estar aprendiendo, se mueven por terreno conocido.

-Siempre que se pueda, el alumno tiene que aprender sin darse cuenta, ayudado, sobre todo, por un chiste. La risa desempeña una doble función: por un lado, ayuda a que todo el mundo se relaje –todos aprendemos un ochenta por ciento más cuando estamos relajados- y por otro, actúa como regla mnemotécnica.

-Hay que crear un ambiente en el que los alumnos avanzados no tengan problemas en esperar a los más torpes, haciéndoles ver que, mientras esperan, ellos están aprendiendo aspectos nuevos de cosas que parecían por sabidas.

Hay que estimular la dinámica de grupo: que los lentos ayuden a los más despiertos y que todo el mundo consiga tomarse las propias carencias como parte esencial del aprendizaje.

-En una palabra: el profesor tiene que ser generoso y humilde. Un enseñante no está para que todo el mundo vea lo bien que lo hace él –como quien intentó primero que yo aprendiera a bailar- sino para que, quienes aún no lo hacen bien, consigan hacerlo. El profesor ideal debe disolverse, camuflarse, pasar todo lo desapercibido que pueda. Despertar en el alumno cualidades que están latentes.

Sirva esta entrada de homenaje, que él nunca leerá, a mi profesor de baile.
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