Besos con lengua

Dos gays se besan al paso del papamóvil (foto: www.20minutos.es)

8 de Noviembre.- Ayer por la noche,  estaba yo tirado frente a la televisión cuando empezaron las noticias. A los muchachos del Zeit Im Bild, el telediario de más audiencia en Austria, les gusta sacar a España cuando los celtíberos hacen cosas que se salen de lo esperable en ellos. Cuando prohíben las corridas de toros o, como ayer, cuando se rebelan contra el catolicismo monolítico que el inconsciente colectivo austriaco le supone a los habitantes de mi país.

Así pues, ayer tocó visita papal y, naturalmente, siguiendo el principio de imparcialidad que guía los poco sospechosos informativos transalpinos, se trató de sacar las dos vertientes de la tournée del pontífice romano. De un lado, los adeptos. Familias cargadas de hijos del método Ogino, solteronas con un inevitable aire monjil, en fin: lo normal. Del otro, planos, preparados, de la comitiva papal pasando por delante de algunas parejas de homosexuales que, sintiendo en sus corazones la llamada del deber, se empezaban a besar voluntariosamente a la voz de “Que viene, que viene (el papamóvil) ¡Venga, con lengua! Que no se diga”.
O sea, que todo el mundo hacía lo que se suponía que tenía que hacer. El mundo estaba en orden.
Al día siguiente (hoy aún) los periódicos españoles de corte conservador se hacían lenguas, la mayor parte de las veces hasta extremos ridículos, del austero encanto del papa y de su discurso. La realidad es bien otra. La cruda tiranía de los números demuestra que, a pesar de las familias numerosas y de los gays llevados por la necesidad de hacer en público lo que seguramente no hagan en privado, la gente ha pasado del papa, como diría el castizo, como de la ful. Ni frío ni calor. Apenas cienmil personas han jaleado el paso del papamóvil en Barcelona (o sea, y para lo que son estas cosas, cuatro gatos) y en las fotos de Santiago de Compostela podían verse numerosos sitios vacíos.
Empiezan pues a hacer efecto unas palabras que no sé si dijo Ratzinger cuando dirigía el Santo Oficio (hoy llamado Congregación para la Doctrina de la Fe) pero que se le podrían aplicar perfectamente: “Habrá menos católicos, pero serán mejores”.
Lo cierto es que, hoy en día,  la Iglesia de Ratzinger sólo ejerce un magisterio ético digno de tener en cuenta en los países en vías de desarrollo (todos sabemos en qué condiciones) y sólo es capaz de atraer a los sectores más conservadores y amojamados del protestantismo. Así pues, cuando el Papa dice “la Iglesia es joven” es más una manifestación de wishful thinking que otra cosa porque, por ejemplo, aquí en Austria, los jóvenes que cada año se separan de la Iglesia son miles (en España ni se toman la molestia).
¿Qué pasa entonces? En mi opinión de católico, no es que el mensaje de Cristo haya perdido validez. Que no la ha perdido. Seguirá siempre vigente el ponerse del lado del débil, el plantarle cara al abusador, el estar al lado de los que sufren. Pero creo que es vox populi que los que aún nos confesamos católicos saludaríamos con agrado que los sacerdotes y las monjas pudieran casarse. Por poner un ejemplo de una reforma fácil de aplicar y totalmente sensata para devolverle carta de normalidad en la Iglesia a algo tan natural, gratificante y humano como es el sexo. Todos los apóstoles eran casados (Pablo confiesa ser una excepción y dice aquello tan divertido y tan gráfico de que “mejor casarse que abrasarse”). O no tendríamos ningún problema en aceptar a mujeres sacerdotes. En el primer cristianismo, aún en vida de los apóstoles, hubo diaconisas, y no quedan huellas en los evangelios de que a los primeros cristianos les pareciera especialmente escandaloso.

Aunque, en vista de lo que he leido sobre este fin de semana, creo que las esperanzas son pocas.

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