Retorciendo palabras

30 de Noviembre.- En la película “El cartero de Pablo Neruda”, el personaje que da título a la cinta, cuando Don Pablo se le quejaba de que le había usurpado la autoría de unos versos, protestaba cargado de razón diciendo:

La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.


Acogiéndonos a tan saludable como anarquista máxima, hoy le robo a Alaska el título de este post. Y es que lo que hacen los periodistas con el lenguaje es retorcerlo a veces hasta que queda irreconocible. O hasta que uno se pregunta si los que escriben en los periódicos no serán todos mafiosos serbocroatas con algún oscuro propósito criminal.

Para muestra, el trío de botones de hoy. Sobre estas líneas, un artículo de la edición digital de 20 Minutos. Se ventila la necesidad de cambiar el modelo de negocio para los contenidos de internet. Nuestro pobre escribidor, oyente de campanas de desconocida procedencia, afirmaba cargado de razón que el asunto se había debatido en todos los foros “hasta la extenuidad” fórmula que abre caminos hasta ahora ignotos a la expresión florida. Por ejemplo, un servidor, tras hacer deporte en el gimnasio en donde se machaca todos los días, puede decir aquello de:

-Me voy a la ducha, que estoy exténuo (?). 

Aleluya.

Pero los agentes desestabilizadores no conocen el descanso, ni se permiten la pereza. En cuanto encuentran un mínimo resquicio, atacan. Así fue en el diario Público de hace unas semanas. La línea editorial de este medio, tan ajena al conservadurismo, se manifiesta también de manera singular en su manual de estilo. El lenguaje de sus columnas se hace montaraz, cimarrón, experimental, adelantado a su tiempo. Y así, si la academia preconiza siempre que se puede la castellanización de los barbarismos, los redactores de Público no dudan en llamar “castin” al proceso consistente en seleccionar artistas para el reparto de un espectáculo y quien dice un “castin”, dice dos “cástines”  (por lo menos, el articulista tiene la decencia de acentuarlo en la a, como debería hacerse si la palabra existiera)
Pero guardo el último retortijón, el más exquisito, para el final.

El profesor Barbacid es uno de los científicos españoles más famosos. Aunque solo fuera por su abnegada labor de lucha contra el cancer, no se merecería que le tirasen semejante ladrillazo léxico a la cabeza (angelico). El redactor, por llamarle de alguna manera, de 20 Minutos, quería explicar que el porfesor Barbacid, en el transcurso de una conferencia, había subrayado que las técnicas de lucha contra el maligno cangrejo están cada vez más al alcance de todos. El plumífero pensó en utilizar “destacar” que es un verbo muy al caso para decir esto de manera, si no imaginativa, sí pulcra. Pero algo en su estropeado cerebro le llevó a pensar que algo que destaca, naturalmente sobresale, y aquello que sobresale es un saliente, así que !Eureka! el profesor Barbacid pasó de “destacar” a “salientar”. 

Si la creatividad mereciera recompensa en este injusto mundo, todos deberíamos rendirle el tributo que merece a este pionero del lenguaje. Al hablar de una homilía del Papa en la Basílica de San Pedro, deberíamos decir que el Santo Padre “salientó” que sus palabras a propósito del condón se habían malinterpretado hasta “la extenuidad”. A la vuelta del médico, la esposa le contará al esposo que “el doctor ha salientado el riesgo que tengo de que me dé un telele si sigo comiendo grasas a troche y moche” y así, sucesivamente, que diría el castizo.
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