Cadenas rotas

1 de Diciembre.- Querida sobrina: cuando tu tío era un pardillo recién llegado al mundo del trabajo, le tocó servir en una empresa que, a los seis meses, empezó a irse a la porra. El proceso de putrefacción de la compañía duró algo más de un año y, aunque fue una experiencia altamente desagradable, la verdad es que estuvo llena de enseñanzas.

La principal es que, en toda estructura de autoridad en descomposición, llega un momento (peligro máximo) en el que la gente, ante la debacle general, empieza a realizar esfuerzos inconexos por salvar los muebles y a actuar por su cuenta. Las cadenas de mando se desmoronan y con ellas, se van a hacer puñetas los escalafones y los procedimientos. Tu tío, Ainara, no es excesivamente ordenancista, pero le gusta tener claro cómo y por qué tiene que hacer las cosas. El proceso culminante de este proceso de salto de vallas morales es una rebelión contra lo poco que queda de la autoridad y, por fin, la desaparición.
Esta que acabo de enunciar, Ainara, es la ley que rige, con ligerísimas variaciones, todo proceso de decadencia de una estructura de poder. A cualquier escala. A nada que hagas abstracción de los detalles podrás verla en la caida del imperio romano, en los últimos estertores de la Unión Soviética, en el proceso que convirtió la otrora todopoderosa monarquía española en un guiñapo que se fueron pasando, cada vez más mermado, reyes rijosos y cerriles hasta principios del siglo XX. Lo característico de este proceso es, además, que en el mismo instante en que los de dentro de la fortaleza o las fuerzas sitiadoras, sienten en el aire la vibración del fracaso, la concatenación de acontecimientos es imparable y de consecuencias totalmente imprevisibles.
Volviendo a la empresa en donde trabajé, llegó un momento en el que, con una dirección que no dirigía, las cadenas de mando de la empresa saltaron por los aires e, incluso, las actividades más normales, las más nimias, las más monótonas, se llevaban a cabo mediante largas y tediosas reuniones que le quitaban eficacia a cualquier movimiento y, paradójicamente, aceleraban la caida.
Me he acordado este fin de semana de esto leyendo las noticias sobre España. Verás, Ainara: el presidente del Gobierno español, Sr. D. Jose Luis Rodríguez Zapatero, convocó este fin de semana a los treinta hombres (no había mujeres) más ricos de España, para rogarles que hicieran algo por la maltrecha economía del país. Cualquiera que sea capaz de olvidarse de los detalles y observar los hechos a vista de pájaro se dará cuenta sin dificultad de que, lo que ha sucedido es lo mismo que en la empresa en la que trabajé. Ante la debacle general, ante el acorralamiento pertinaz, inmisericorde y cruel de la realidad, alguien que cree estar capacitado para ello ha volado las cadenas de mando, las formas, los procedimientos, y ha convocado una reunión de salvación (en el fondo de estas cosas siempre reposa “la salvación” como la aspiración suprema que legitima y posibilita el sacar pecho un instante para tener que meterlo un segundo después).
El presidente del Gobierno, Ainara, por muy capaz que sea, ni puede ni debe hacer ese tipo de gestos, más propios de un dictador centroamericano vestido de verde, que cree que su sola presencia basta para arreglar los problemas, que de un jefe de estado que aspira a codearse con sus pares europeos (no es que sus pares europeos sean una maravilla tampoco,  las cosas como son, pero están aún a años luz de los mesías que campan por sus respetos en algunos países de América del Sur).

Y si el presidente el Gobierno cree que puede hacerlo, mal vamos, Ainara. Mal vamos.
Besos de tu tío. 
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