Hacia dónde vamos

Un amable comentario
Fuentes del Parlamento vienés (Archivo VD)

 

15 de Diciembre.- Querida Ainara: este fin de semana pasado estuve viendo en un antiguo cine muniqués la segunda parte de Wall Street. Una película en la que se habla mucho de dinero y en la que se hace un repaso, más o menos dulcificado por la deriva amorosa de la historia, a las terribles tormentas financieras que han asolado el centro financiero del planeta.

Sentado en la antigua y pulcra sala, me acordé de un artículo que leí en El País la semana pasada, firmado por Santiago Carrillo. Una persona, en mi opinión que ni siquiera es modesta, admirable. Creo que, al margen de su ideología, con la que se puede estar o no de acuerdo, Carrillo es un modelo de curiosidad ante la vida y, sobre todo, de un sentido del humor resignado que creo que es uno de los equipajes más sanos que uno puede llevar durante su paso por el mundo.
El artículo que hoy nos ocupa se llamaba “¿Hacia dónde vamos?” y en él, el autor se confiesa alarmado por el espacio abusivo que, según él, han ocupado esas entidades difusas que, para simplificar, conocemos por “los mercados”. Don Santiago resaltaba (“salientaba” que diría un hablante de neoespañol) la falta de mecanismos de control para el poder de las corporaciones transnacionales y otros animales depredadores.
Si algo ha demostrado esta crisis es que el Sr. Carrillo tiene razón. No hay más que ver las ideas de bombero, los experimentos de aprendiz de brujo, las idas y las venidas que nos han llevado al punto en que ahora nos encontramos. Sin embargo, el anciano político cae, a mi juicio, en una simplificación, al presentar una imagen algo inexacta de la realidad. Carrillo, político al fin y al cabo, no puede renunciar a defender a los de su oficio y muestra un panorama en el que la mano negra del dinero (bueno, del Dinero) amenaza a una pacífica clase política, eficaz cumplidora de los designios de la voluntad popular.
Desgraciadamente, no hay tal. El poder, Ainara, funciona como un gas. Tiende a ocupar todos los espacios vacíos disponibles. Y las corporaciones, “los mercados” (en los que también, Ainara, estamos todos incluidos, porque tomamos parte en el proceso de comprar y vender que mueve el cotarro de este mundo) no han hecho sino ocupar una tierra de nadie que los políticos han dejado abandonada durante los últimos veinte años.
De ese tiempo a esta parte se ha ido produciendo un proceso insensible de degeneración de la vida política española (del que ya he hablado aquí). En la época en que don Santiago llegó al punto culminante de su vida de político profesional, los parlamentarios procedían de las capas mejor preparadas de la tarta social. Hoy ¿De qué político se puede decir eso? Las retribuciones altas, Ainara, están en el mundo de la empresa y, dado que los políticos son personas a las que no se les puede pedir un comportamiento altruista, la deriva de los mejores profesionales hacia el campo privado ha sido constante y ha desertificado, de una manera francamente descorazonadora, los centros de decisión del país.
Por otra parte, cuando voces sensatas (por ejemplo la del ex ministro socialista Miguel Boyer, otro emigrado al campo de la empresa) abogaban por la subida de salarios a los políticos como un medio para atraer de nuevo al servicio público a personas con dos dedos de frente, han encontrado una enorme resistencia. Del todo explicable, por otro lado. Porque ¿Cómo subirle el sueldo a los mastuerzos y las mastuerzas que insisten en gobernarnos y que apenas saben hacer la O con un canuto?
Y, sin embargo, parece extrañamente imprescindible. Los mercados están llamando a la puerta.

Besos de tu tío
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